Día nueve. Todo es mentira.
Todo lo anterior tampoco
es cierto, la única verdad es que fui vanidoso. Pensé presuntuoso que ella era
un saco vacío y que estaba por llenar, pero me equivoqué, como en otras muchas
ocasiones también confundí ignorancia (la mía) con soledad (la suya) Y la
soledad no se llena ni se cura.
Aunque la ignorancia tampoco.
De la misma manera que no se puede engañar a un hombre honesto no se
puede enseñar al verdadero ignorante.
El caso es que ahora, que
me estoy muriendo, pienso, sin embargo, que la soledad era también la mía y no
la de ella al igual que la ignorancia, el tonto y el inculto era yo y no mi
joven amante. ¿O era al revés? Ya no sé nada de nada.
Esa conclusión no es el
resultado de una elaboración ardua o compleja, no lo es. Simplemente me doy
cuenta que me estoy muriendo solo, en una habitación de hospital vacía si no
fuera porque la ocupo yo.
La realidad es que nadie
viene a visitarme, ya no ejerzo de anfitrión.
Aquí, en el hospital, la
cama es algo más ancha, pero el suelo es también mucho más duro, igual que el
colchón.
Le he pedido a la
enfermera que me deje colgar un pequeño cuadro que pinté hace tiempo, son las
copas de unos árboles llenos de sol que titulé El sol del platanero, en recuerdo de El sol del membrillo de Víctor Erice, película en la que retrataba
a Antonio López en la misión imposible de atrapar el tiempo usando el color.
La mía era una pintura
que adornaba una de las paredes de la habitación que durante unos meses ocupó
Van Gogh en Arlés, Francia.
La enfermera me ha mirado
de una manera extraña, debe de pensar que estoy loco, pero me ha dado permiso
para colgarla.
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