Philip-Lorca diCorcia
12. La hija de Ángela
Martínez López
Tuve
suerte y Cristina terminó de leer el libro pronto, así que Daniel me llamó para
quedar y prestármelo. Cuando nos vimos traté de llevar la conversación donde
deseaba. Le hable de mis padres, que ya estaban muy mayores y cuya situación me
preocupaba. Me interesé por su madre, que todavía seguía viva viajando, y, por
supuesto, también por Ángela. ¿Qué es de ella?, le pregunté.
Me
respondió que estaba enferma, que padecía deme ncia
senil, que ya no reconocía a nadie, que incluso se había vuelto agresiva,
violenta y mal hablada cuando antes nunca lo había sido. Hacía seis meses que
la había ingresado en una residencia para ancianos, sedada y medio convertida en
un vegetal. Cada día eran más las horas que permanecía en cama, no andaba y ya
era absolutamente dependiente. No era capaz ni de comer por sí sola.
-¿Qué
hiciste con el piso donde ella vivía?, le pregunté. ¿Está vacío?, ¿lo vendiste?
-No,
allí vive ahora su hija.
-¿No
estaba casada esa chica?
-Sí,
se casó. Y al poco tiempo los dos perdieron el empleo que tenían. Ya sabes,
trabajos muy precarios, ella hacía de muchacha de la limpieza y su marido de
peón en la construcción. Su madre me llamó para pedirme si los podía alojar en
la casa. Se habían quedado sin la suya en la ciudad al no poder pagar la
hipoteca. Le respondí que sí, que naturalmente. Los dos se instalaron con
Ángela. A mí no me pareció mal, además, esa era una manera de no tenerla sola.
-¿Y
qué pasó?
-Bueno,
a los pocos meses se separó el matrimonio. Él se fue y se quedaron madre e hija,
las dos juntas y solas en aquel piso.
-¿El
padre apareció alguna vez?, ¿supisteis quién fue?
-No,
nunca lo supimos. Oficialmente siempre constó como hija de madre soltera.
-Así
debía de llevar los apellidos de su madre.
-Sí,
y además se llamaba como ella, igual, Ángela.
-El
apellido era Martínez, ¿verdad?, -le pregunté aparentando ignorancia.
-Sí,
Martínez López.
-¿Por
qué le puso el mismo nombre?, ¿por qué hace eso la gente? ¿Creen que el nombre
hace a la persona?
-Quieren
pensar que el hijo o la hija no cometerá sus mismos errores. Es una manera
extraña de darse una nueva oportunidad a través de otra persona, y para eso
nadie mejor que un hijo.
-Yo
nunca le pondría mi nombre a mi hijo
-Yo
tampoco, pero ni tú ni yo tenemos hijos.
-Para
ti debió de ser una buena solución, ¿no? La hija cuidaba de la madre.
-Así
fue. Incluso le pagué un sueldo. Lo hice para dignificar la ayuda que les
prestaba. Mi ama Ángela era de mi responsabilidad, pero su hija no. Creo que
fue la mejor solución para tenerla atendida y cuidada. Hasta que ya ha sido
imposible y me he visto obligado a ingresarla en una residencia.
-Claro
-le respondí. -Y en el piso vive ahora sola la hija, ¿no? ¿Vas a menudo por
allí? -le pregunté con la mejor cara que supe poner de inocencia.
No,
hace meses que no voy, hay días que la llamo por teléfono, nada más.
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¿Por
qué me mentía?
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-¿Y
qué harás con ella?, ¿se quedará a vivir allí?
Le
he dicho que se busque trabajo, que su función en esa casa ha terminado ya. Su
madre no regresará, morirá más pronto que tarde. Yo no le doy prisa, pero ya se
lo he dicho con claridad. Debe encontrar trabajo y también algún sitio para
vivir.
-¿Y
tú no la puedes ayudar a encontrar ese empleo? -insinué.
-Bastante
trabajo tengo en encontrar uno para mí -me respondió algo inquieto -Piensa que
también, y de momento, todo eso se financia con el dinero de Cristina, gracias
a ella he podido pagar la residencia y demás gastos. Ella no lo sabe, pero lo
distraigo de la asignación que me da que es bastante alta.
-Pero
son dos niveles profesionales distintos el tuyo y el de ella, no tiene nada que
ver una cosa con la otra.
-Lo
que yo creo es que durante estos últimos años la hija se ha conformado a una
vida relativamente cómoda y fácil, la de cuidar a su madre sin que nadie le
diera órdenes. Si quiere encontrará trabajo fácilmente. A propósito, ¿cómo va
el tuyo?, me preguntó, cambiando sutilmente de tema.
-¿Cristina
no sabe que Ángela está en una residencia?
-No.
-Pero
Cristina no es tonta.
-No,
tampoco lo es.
-¿Entonces?
-A
mi no me ha dicho nada, es decir, da igual que lo sepa como que lo ignore.
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