"WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET"

dimarts, 6 de setembre del 2016

Quince días. Una historia de amor en veintiún días más otro de propina. (8)


Día ocho. Amantes a plazos.

En realidad fuimos amantes a intervalos cortos durante todo el resto de mi vida a partir del día en que la conocí. A plazos, como si pagáramos una hipoteca. A veces la confundía con otras, me equivocaba de nombre cuando estábamos juntos.

Ella siempre afirmaba que supe seducirla, que fui hábil, incluso aseguraba que me amaba.

Me lo creí porque seguramente era cierto, pero después llegué a una convicción extraña y falsa, egoísta y perversa: pensé que yo era lo mejor que ella conocería jamás sin llegar a darse cuenta nunca de ello.

Fue una presunción miserable, lo reconozco, sí, pero… ¿era cierto también? No, no era cierto, claro que no.

¿Qué le gustaba de mí? Lo ignoro, ¿quizás mi cama estrecha y mi suelo forrado con una falsa alfombra persa?

Tal vez lo que le agradaba es que yo no era nadie y al no serlo cumplía perfectamente con mi función de padre, amigo y amante imaginarios, pero aseguraría, apostaría por ello, que solamente llegué a hermano o a primo incestuoso,  y, como máximo, a compañía de conveniencia. Siempre he sabido dar consejos.

Repetía muy segura que le gustaba mi actitud y  la buena predisposición que le demostraba cuando hacíamos el amor, mis ganas la sorprendían, me decía medio burlona.

Me gustaba oírlo… a medias. Parecía una frase halagadora, pero a mí se me quedaba el cuerpo raro y el corazón descolocado, más descentrado de lo que siempre lo he tenido, ¿qué otra cosa podía demostrarle de forma sincera, apasionada y amorosa cuando estábamos en la cama que tener ganas y no esconderlas? Parecía tan natural y espontánea al expresarlo que al oírla me avergonzaba yo de ella y de mí, y me ruborizaba como un chiquillo inexperto e ignorante. ¿Qué demonios quiere decir?, me preguntaba a mí mismo, ¿con que tipo de hombres ha estado esta chica para medio burlarse de mis ganas?, ¿qué clase de sexo ha tenido?

Era tan bella que se sentía un patito feo.


No logré enseñarle nunca nada. Esa fue también una paradoja dolorosa, me desconcertaba que no aprendiera de mí y sí de otros a los que solamente conocí de oídas y mal. En ocasiones jugaba a ser una niña-mujer y había días que veía en ella a una anciana, rendida y agostada. 

dilluns, 5 de setembre del 2016

Quince días. Una historia de amor en veintiún días más otro de propina. (7)


Día siete. Seres libres

Era una muchacha prudente y educada, nunca hacía mención a la diferencia de edad que nos separaba, pero tenía razón cuando afirmaba que mis visitas jamás regresaban, aunque ella misma no era una buena prueba de ello.

Me costaba reconocerlo, no quería admitir mi fracaso reiterado como anfitrión. Siempre sucedía algo que las hacía partir como gatos escaldados.

Es posible que fuera mi pequeña cama, la gente se cansa de caerse de ella, a nadie le gusta darse de bruces, cada dos por tres, con el suelo por más alfombrado y tapizado que esté.

Mi joven amiga siempre tuvo todos los amantes que deseó, los conseguía con facilidad al estar predispuesta a ello. A una mujer le es fácil encamarse con quien desee si no le importa la convención burguesa de la reputación.

En los hombres funciona al revés, es injusto, pero nuestra promiscuidad, en esa convención burguesa y machista, nos ensalza a los ojos de los otros hombres y también de algunas mujeres, como si ellas fueran trofeos de caza.

Pero ella era y es un ser libre y yo también.

En todo caso, y aunque luego le quedara un regusto chocante, disfrutaba de sus amantes, o eso afirmaba con una simpleza un tanto infantil. La amargura y el vacío que seguían a continuación también formaban parte del guión y de la lógica de las cosas. Las lágrimas que derramaba y algún que otro desconcierto psicológico iban en el mismo paquete, parecían un adorno necesario, una especie de colofón. Pero todo eso ahora no tiene ninguna clase de importancia, ya no.

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- El próximo día, uno de noviembre, cuando se hayan ido esas visitas que esperas, me encontrarás tal y como Dios me trajo al mundo dentro de la bañera de tu casa -me dijo con su típica resolución de mujer decidida y mostrándome la mejor de sus sonrisas. -Solamente tienes que desnudarte y meterte dentro tú también -añadió- pero si te da pereza despojarte de la ropa entra vestido, me da igual, aunque te agradecería que al menos te quitases los zapatos.

- Siempre lo hago, nunca me baño calzado, acostumbro a lustrarme las botas con betún y los pies con jabón, no al revés, querida mía- le respondí esforzándome en parecer simpático y en lucir también una bonita sonrisa, la de mi padre que enamoró a mi madre y que era sin duda mucho mejor que la mía.

dissabte, 3 de setembre del 2016

Quince días. Una historia de amor en veintiún días más otro de propina. (6)


Día seis. ¿Su joven amante la reconocerá de entre los muertos?

Aunque terminamos siendo amantes de nuevo, como en otras muchas ocasiones, la conversación anterior no existió ni tuvo nunca lugar, es un puro invento mío para imaginar que ella me amaba y fantasear con su deseo de mí. Quería pensar que seguía buscando la rosa que un día le entregué cuando se acostó en mi cama por primera vez. Y que ya se había olvidado de aquellos muchachos desamparados que consolaba tan gratuitamente.

En cambio, el final sí fue el que mordazmente anticipó mi joven amiga, y que describo a mi manera en ese diálogo tan teatral y melodramático.

Me quedaba ya poco tiempo de vida, mi rosa había muerto.

También era cierto que nos llevábamos veinticinco años, que ella todavía no había cumplido los treinta y tres y que yo me acercaba peligrosamente a los sesenta.

Estaba casada y a su marido le contaba pocas cosas de su vida.

Otro hecho verdadero es que me pidió prestado el libro de la Duras y que nos habíamos conocido quince años atrás, en Grecia, cuando ella solamente tenía dieciocho, en uno de mis viajes y en una cama estrecha.

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- ¿Qué no entiendes del poema de Yeats?- me preguntó un día.

- No comprendo qué pretende decir la mujer cuando exclama que: “Mas cuando esta alma del cuerpo se despoje, y desnuda vaya a lo desnudo, aquél a quien halló encontrará allí dentro lo que ningún otro conoce, y dará lo suyo y tomará lo suyo y regirá por derecho propio; y aunque amó en el dolor, tanto se aferra y se cierra, que ningún ave diurna osará extinguir tal deleite”. ¿Qué entiendes tú?

- Que su joven amante la reconocerá de entre los muertos, y que esta vez no la dejará partir ni nadie se atreverá a interrumpir la unión.

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No es excusa para ninguno de los dos afirmar que parecía mayor de lo que era y que a mí todos me hacían más joven, quince días más joven para ser exactos. De todas maneras tampoco hay que pedir disculpas, nadie cometió ningún crimen, los dos nos comportamos como las personas adultas que en realidad éramos aunque ella tuviera dieciocho años y yo solamente cuarenta y tres.


Que ambos nos cayéramos de la cama en repetidas ocasiones fue debido solamente a su estrechez y a eso que llaman pasión erótica, fogosidad que no presta la atención debida al tamaño de los lechos y que rebosa como un vaso cuando se agita. 

divendres, 2 de setembre del 2016

Quince días. Una historia de amor en veintiún días más otro de propina. (5)



Día cinco. Cerramos el trato.

Muchos opinan que es mejor ser dueño de nuestros silencios que esclavo de nuestras palabras, sin embargo, siempre he pensado que ellas están para ser dichas, sean las que sean, si hay algo que deba decirse ha de ser dicho.

Mientras se calla el tiempo pasa y mientras se habla el tiempo para, se detiene, esa es la disyuntiva. Las palabras no tienen vuelta atrás, por eso hay que ser muy cuidadoso al pronunciarlas. Pero al silencio le ocurre igual.

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- Sólo te busco a ti- insistió.

- ¿A qué esperarás?

- Te esperaré a ti, ya sabes que yo soy la rosa salvaje que te busca. (2)

- Deja la poesía para otra ocasión.  

- Quizás debamos callarnos los dos.

- Te lo pregunto de nuevo, ¿a qué esperarás?

- A que se vayan estas visitas que dices que vendrán en octubre, siempre acaban por irse, ya lo sabes, todas se marchan, ninguna se queda. Ésas también terminarán por zarpar, de una forma u otra lo harán, lo sabes, ¿no?

- Sí, lo sé.

- ¿Quince días?

- Ni uno más, amor mío.


- Trato hecho.

dijous, 1 de setembre del 2016

Quince días. Una historia de amor en veintiún días más otro de propina. (4)


Día cuatro. Hablamos de la vejez y de las cosas que le ha enseñado su marido.

- ¿Dos semanas?, ¿por qué tan poco?, ¿son las que te quedan de vida?, ¿te lo ha dicho tu médico?, ¿te estás muriendo?

- Sabes ser sarcástica, ¿te lo ha enseñado tu marido?

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Duras no habla de vejez y deterioro, él es todavía un hombre joven y sano, pero Colette sí lo hace.

La protagonista femenina de Colette, Léa, es consciente, aunque todavía no llega a los cincuenta, del fin de su tiempo en el quebranto de su propio cuerpo.

Con descaro afirma que no desea flores marchitas, elogiando sin pudor la juventud y la belleza de su amante, Chérie, al que debe dejar marchar por una convención rara, el matrimonio. Hasta donde pueda seguirá buscando esa fragancia y la vana esperanza que la juventud proporciona.

En ella, en la juventud, coexisten mezcladas de una manera desordenada la voluptuosidad y una sublime sobriedad que muy pocos saben percibir, conocer y soportar, yo no lo he conseguido jamás, el placer, como el dolor, me vence y me derrota, y aunque no logro comprender, como hace Léa, la pasión amorosa fuera del sin sentido que toda pasión tiene, quiero pensar de mí mismo que no temo a la exaltación, ni al arrebato del sexo, ni tampoco a la locura del corazón. Pero ahora, ya no sé qué pensar, incluso el sexo me interesa poco. Tal vez recele del amor que necesita de tantos apoyos frágiles y fugaces.

Me recuerda un viejo poema de Yeats del que no logro nunca extraer su significado más profundo, es el poema nº IX titulado Una última confesión de Una joven y vieja mujer (1).

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- No tienes ni idea de lo que me ha enseñado mi marido.

- Es verdad, yo no sé nada de ti, desconozco lo que los demás te han dado y has guardado de ellos, solamente sé lo que no has aprendido de mí, por eso te pregunto con qué pagas y qué compras.

- ¿Qué quiero comprar con mi cuerpo?, insistes. Tiempo, palabras que lo paren, no hay nada más en el mundo que merezca ser comprado, así que esperaré.

- ¿Palabras?, deberías seguir buscando afecto, cariño o compañía, como hacías entonces. Todos necesitamos, yo también, ahuyentar la soledad, y el sexo es un buen sucedáneo de lo contrario. Igual que el miedo, la soledad siempre regresa. ¿Por qué llorabas después? ¿Por qué te llevabas a la cama a muchachos desamparados?

dimecres, 31 d’agost del 2016

Quince días. Una historia de amor en veintiún días más otro de propina. (3)


Día tres. Solamente le doy quince días.

- ¿En la cama o en la alfombra? Nunca recuerdo nada, nada que supere la cantidad de quince, quince monedas, quince dedos, quince apóstoles, quince años, así que pronto te olvidaré, tal vez por eso te pido de nuevo tu cuerpo a cambio del mío. No quiero olvidarte.

- Es un mal negocio, el cuerpo siempre es la moneda equivocada y lo sabes bien. ¿Qué quieres comprar con él?, ¿nuevos recuerdos o viejas esperanzas?

- Eres un poeta cursi.

- Y tú eres una musa, no me hagas reír.

- No seas arisco, lo que yo compro es todo de segunda mano.

- ¿Por eso me elegiste a mí?

- No quería decir eso, yo aún no he cumplido los treinta y tres, debería gustarte.

- Eso es lo malo, me gusta, y a mí me restan pocos para llegar a los sesenta, pronto no me quedarán más que minutos y fotografías amarillentas.

- De primera mano.

- Sí.

- ¿Soy bella?

- Lo eres, y mucho.

-No, no lo soy.

-Sí, sí que lo eres.

- Estuvimos poco tiempo juntos y ahora solamente quieres darme quince días, no seas mezquino, al menos no lo seas conmigo.

- ¿Quieres más?, ¿para qué?

- No lo sé y no necesito saberlo, para mí es suficiente con pedírtelos como lo estoy haciendo, sin pudor ni vergüenza, con naturalidad, con el derecho que me otorga ser tu amiga y haber sido tu amante, recuerda que soy una mujer, contigo jamás he sido ninguna niña.

- Recuerda tú que yo pronto seré un anciano, y que contigo jamás lo he sido. Ni tú una niña ni yo ningún viejo.

dimarts, 30 d’agost del 2016

Quince días. Una historia de amor en veintiún días más otro de propina. (2)



Día dos. Le recuerdo que mi cama es pequeña.

- ¿Y tu marido? -te pregunté nada más que para disimular mi sorpresa y para dar un poco de consistencia a la conversación.

- No te preocupes por él, por el respeto que le profeso nunca le cuento nada que no deba saber.

- ¿Qué deberías contarle que no haces?

- Mi vida, ¿qué si no? Ya es suficiente con que sepa el nombre que consta en mi pasaporte, ¿no te parece?, el otro, el verdadero, el que tú me pusiste, no lo saben ni mis padres que me bautizaron.

- ¿Por qué no se lo cuentas?, dos personas que se quieren deberían compartir sus vidas, ¿no?

- Todo lo contrario, ésa es una convención romántica que nunca conduce a nada bueno, la realidad de la vida es muy diferente.

- ¿Cuál es, según tú, esa realidad de la vida?

- ¿Cuál?, ya la conoces, incluso mejor que yo. Para dormir es preferible hacerlo en camas separadas, para vivir también. La vida es igual que las camas y las caras, cada uno debe de tener la suya propia.

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Antes de casarte con ese marido al que no le cuentas tu vida me regalaste Chérie, de Colette. Es una historia amorosa entre una cortesana madura, una mujer de una edad cercana a la mía actual, con un joven muchacho, bello y vigoroso. También es casualidad que ahora se haya realizado una versión filmada de la novela.

La escritora francesa siempre consiguió retratar y describir con la precisión necesaria, sin sensiblerías y a través del sexo, una historia sentimental, llena de verdad, amor y dolor asumido con la ironía que solamente los seres libres son capaces de expresar.

La relación entre ambos termina cuando él, veinticinco años más joven que ella, se dispone a contraer matrimonio.

“Igual que hiciste tú, al casarte me dejaste”, te recordé. “Ninguna historia de amor finaliza cuando los amantes se separan”, me replicaste entonces. “Algún día regresaré a por ti, no tengas ninguna duda de ello”, creí que intentabas decirme al irte.

O quizás lo imaginé.

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- Recuerda que todavía nos llevamos veinticinco años, -le dije -el tiempo transcurrido no ha recortado la diferencia que nos separa, no lo hará hasta que yo me muera, entonces me alcanzarás- le dije procurando no parecer cursi.

- A ti y a mí nunca nos han separado los años vividos, solamente los que no hemos estado juntos, todo lo que no hemos compartido.

- Siempre te ha gustado ser melodramática. Dime, ¿por qué me pides de nuevo ser mi amante?, ¿es una broma? Somos buenos amigos, no lo estropees ahora con sexo, ya lo tuvimos en su momento.

- No es ninguna broma. El porqué es asunto mío, tú solamente debes responder sí o no.

- ¿Qué harás después de estos quince días que digo que te daré?

- No lo sé, quizás aguarde a que se vayan esas visitas que esperas y que según parece son incompatibles conmigo dentro de tu cama. ¿Realmente lo son?, ¿no cabemos todos en ella?

- No, no cabéis, tengo una cama pequeña, ya lo sabes, es la misma que tenía hace quince años y que todavía conservo. Es tan estrecha que todo el mundo termina cayéndose de ella, por eso he colocado una alfombra en el suelo, para amortiguar el golpe. En ella nos conocimos, ¿recuerdas?