"WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET"

dimecres, 30 de novembre del 2016

Julia (1 de 2)



Julia (1 de 2)

Me llamo Quinta Sempronia Julia y no llegué a salir viva del vientre de mi madre que me parió a medio cocer y a los dos escasos meses de concebirme. Pero en lugar de echarme al basurero, como hacen todos, me incineró con la debida ceremonia igual que si fuera un miembro de pleno derecho de la familia.

En el camino que lleva a casa están depositas mis cenizas, al lado ya de las de ella y de las de mi padre y del resto de mi estirpe muerta. Cada día mi hermano Vero se detiene ante ellas y me susurra unas palabras que son más confidencias que oraciones, conversaciones que rezos.

Cuando está alegre y hablador me cuenta los avatares de la jornada, si el día es apacible o ventoso, si el sol brilla o se esconde detrás de los cirros, si el rayo continúa anticipándose en las tormentas al trueno o si la nieve es tan blanca como las mañanas de invierno.

Hay días, sin embargo, que, nervioso, dibuja pájaros en el suelo con sus dedos, al lado de mi lápida, como si la tierra fuera el cielo y los árboles las nubes que van y vienen.

A veces me canta o sólo me sonríe y en otras, en cambio, ensimismado, me mira y calla.

El mundo es estanco como un río que no para de fluir y que desemboca en sí mismo, pero ocasionalmente se detiene, se hiela y se paraliza, el sol no viaja, la luna desaparece y nada acontece ni yo todavía he muerto ni tampoco he nacido, es entonces cuando Vero escucha callado a los árboles caer y a las rocas estallar. En ese momento nada es lo que es y todo es otra cosa que nadie conoce ni sabe dibujar.

Es el futuro, me dice Vero, es el tiempo, es la muerte y es la vida, son las rosas que no son ninguna rosa, es el miedo al silencio.

Un árbol mató a nuestra madre el día antes de caerle encima y romperle el cuello. Vero, con sólo seis años, lo vio en las entrañas de un ave muerta que no era tampoco ningún ave.

Y nuestro padre murió al poco de nacer Vero, el corazón se le detuvo igual que al abuelo al conocer la noticia de unos hijos muertos en alguna batalla lejana. La abuela sigue viva y cuida de todos nosotros, de los vivos y de los mudos, y le ha pedido a su nieto que haga volver a Cayo, el hermano que nos falta, se fue a la guerra y todavía no ha regresado.

Para ello ha tenido que guisar un águila de acero, cocer en ella una paloma y comerse sus entrañas. La sopa ha sido una fragua y él un pequeño anillo de hierro en el que ha grabado el nombre de Cayo. Habría podido esculpir el mío, si así lo hubiera hecho yo habría nacido y sería ahora su esposa y su madre, su hija y su hermana, todo al mismo tiempo y a la vez, su reina y su amante fiel, esa rosa que no es ninguna rosa, un ser bello, vanidoso y cojo, lisiado y desigual, una piedra preciosa, un nombre de mujer. Ha tenido que elegir entre yo y Cayo y lo ha elegido a él.

Como consecuencia de ello ha estado una semana enfermo y ha tenido un sueño, era también un regreso, una vuelta a casa después de un largo viaje.


Vero (y 2)




Vero (y 2)

Soñé que regresaba a casa después de muchos años, que entregaba a mi familia una bolsa llena de monedas de oro, que vivía con nosotros aquella hermana que nuestra madre abortó, Julia, y que mi padre comandaba, con su característica autoridad y ternura, nuestra pequeña familia.

En el sueño mi madre se llamaba asimismo Julia, igual que la mujer con la que me casé y la hija que me dio. Allí estábamos todos y también mis hermanos, Severo, el mayor, entero y fuerte, y Cayo, el mediano, pródigo y valiente. Y entre todos ellos yo, Quinto Sempronio Vero, el pequeño, feliz y cansado, triste por lo visto en mi largo viaje, apenado y afligido porque sabía que lo que vivía era un simple sueño.

¿Cayo, dónde estás?, ¿Julia, eres mi rosa? Nadie respondía porque sólo podía elegir a uno de ellos. Así lo hice, elegí.

Cuando desperté la fiebre había desaparecido. Con unas cuantas sopas de coles y caldos de pollo me recuperé. Diez días después vimos venir a Cayo caminando por el sendero en el que están enterrados nuestros padres y Julia, esa hermana no nacida, la vía de los cipreses.

El augurio es el indicio de aquello que ocurrirá, en cambio, el vestigio, siendo la señal de algo que ha sucedido, es también el testimonio, el resto a través del cual obtendremos la verdad.

La verdad está siempre abierta a nuestros ojos, no se encuentra oculta en ningún escondrijo como si fuera un simple misterio.

El buche es la bolsa membranosa que comunica la boca con el esófago de las aves, en él se reblandece el alimento gracias a unas piedras tragadas por el animal para tal fin. Se dice también que es el lugar en el que se finge que se guardan los secretos.

Así pues, al abrir el pecho y el buche de las aves, habremos de separar, enumerar y clasificar con minuciosidad las piedras que hallemos en él. Su color, su forma, su peso y su tamaño serán los indicios que nos servirán de puentes para traspasar el río y la niebla que oculta su otra orilla.  

Las piedras, y también todas las demás cosas y seres que encontremos en ese saco, serán un vestigio y un augurio al mismo tiempo, y lo serán porque la verdad no es sólo aquello que ha ocurrido, es también todo lo que tiene que suceder.

Como augur debía de ser fiel a los gestos, memorizarlos para repetirlos con precisión y exactitud. En esa repetición absurda está el secreto, es el ritmo del tambor que, más que la rueca, marca el tiempo. La gente los conocía mejor que yo y me los demandaba como si fueran unos niños que siempre piden que se les cuente igual la misma historia.

Mis padres llevan muertos unos cuantos años, fallecieron hace tiempo, pero todavía conservo a mis hermanos aunque a uno le falte medio cuerpo, al otro medio espíritu y a los tres nos falte Julia.

Sé lo que debo de saber que no es más que aquello que de mí depende pues siempre he creído que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida. En los tratos y en las fidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. Algún día llegará Julia, y si no llega iré yo a buscarla aunque para ello deba de morirme.

Esta mañana he abierto una paloma, blanca y gris, estaba limpia y no opuso resistencia, el hígado era claro y en el cielo no volaban los halcones. Hace calor, se acerca el verano y los niños ya corren desnudos hacia la alberca para bañarse.

Vero (1 de 2)



Vero (1 de 2)

De niño, con apenas seis años, observé a mi madre matar a un pollo, sacarle las entrañas y desplumarlo. Al verlas echadas en el suelo para que se las comieran los perros supe que ella moriría mañana. Mamá, le dije, vas a morir mañana, un árbol te matará. Así fue, al día siguiente una viga podrida de la despensa se le cayó encima y le rompió el cuello.

La incineramos y depositamos en la vía que salía de nuestra hacienda sus cenizas, al lado de las de mi padre y de las de Julia, una hermana que no llegó a nacer. Después, mi abuela Livia me lavó, me untó en aceite y me mantuvo cuatro días con sus cuatro noches sin comer ni beber. Una vez repuesto me entregó al santuario de Júpiter más cercano para mi aprendizaje. Estaba lejos, a varias jornadas de viaje, era un caserón vetusto y ruinoso con un pequeño templo adosado dedicado al dios del Universo, allí me quedé dos años, solo.

Un viejo sacerdote me dijo al llegar: recuerda que la rosa es únicamente la rosa, y que la rosa que conocerás un día te matará en vida sólo si eres digno de morir de tal manera, ¿lo eres?

No supe qué responder, no sabía de qué me estaba hablando.

¡Toma!, el sacerdote me dio una paloma y un cuchillo, ábrela y dime cuándo moriré, me ordenó.

Tenía el hígado muy oscuro y grande y el buche tan lleno que estaba a punto de reventar. Te estás muriendo ya, le respondí, no tardarás y no será por causa de ninguna rosa, añadí desconcertado al ver aquellas vísceras y mis manos ensangrentadas. Al oírme me abofeteó con tanta violencia que me tiró al suelo, me levantó arrepentido, se arrodilló ante mí y me abrazó llorando, desconsolado como si él fuera el niño y yo el sacerdote.

Al cumplir los ocho años me escapé y regresé andando. Al cabo de seis semanas, sucio, cansado y hambriento, llegaba a casa. Durante el viaje unos soldados quisieron tomarme, pero logré esconderme y escapar. Mi abuela me contó que mis dos hermanos se habían alistado en las legiones de Mario y que ahora era yo el padre, el hombre de la casa.

La gente venía y me pedía una adivinación, yo les escuchaba pero no se la daba a cualquiera, por eso tal vez Sila nos perdonó la vida cuando me preguntó por su joven esposa. Sólo responderé por ti, no por ella, le dije, has de saber, añadí, que todavía no es mi hora ni tampoco la tuya, no puedes tocarme. Y no me tocó.

Pasaron los años y vinieron otros generales, murieron más hombres en las guerras y las mujeres siguieron pariendo hijos que me traían para saber, algunas, quién era el padre.

Mi hermano mayor, Severo, sobrevivió a la guerra, pero volvió loco, con a penas medio cuerpo, tullido y roto.

Mi hermano menor, Cayo, no regresó, no supimos nada de él, aunque todas las palomas que sacrifiqué señalaban que estaba vivo y sano.

Vivimos entre muertos, decía la abuela, y tenía razón, ellos no apartan la mirada, su falta de pestañeo es un dedo que señala, tal vez, el origen de todo. Los pichones aunque ven son ciegos como los amantes al final de la cópula. Deberás atrapar un águila para encontrar a tu hermano y traerlo a casa, me dijo. Así lo hice, robé el estandarte de una legión, fundí el metal y con él hirviendo en la olla eché a una perdiz viva dentro. Sus entrañas se cocieron y me las comí. A la noche siguiente la fiebre me postergó en cama una semana entera.

divendres, 18 de novembre del 2016

Pasado mañana (y 3)


Pasado mañana (y 3)

Se considera que es positivo y beneficioso planificar y objetivar nuestros deseos, colocarlos encima de la mesa, uno al lado del otro para evaluarlos, descartar las quimeras y centrarse en aquellos objetivos que nuestras capacidades puedan conseguir, dicen y cuenta de nuevo. Eso debería enseñarse en las escuelas, dicen y cuentan que se cuenta en esas escuelas modernas del saber mandar. En ellas nos explican que todos deberíamos conocer, ya a los seis años, aquello que estaremos haciendo a los treinta. Qué y con quién. Y a los veinte ya debería de estar todo escrito en nuestra agenda y libro de notas, en nuestro diario, en nuestra bitácora o blog particular, hasta el día de nuestra muerte, señalada en rojo.

Pero las cosas pueden fallar, claro. Todos sabemos que eso ocurre, y esos que dicen y cuentan esas cosas también lo saben. Entonces hemos de ser flexibles, resilientes y resistentes, abnegados y persistentes. Obstinados en nuestro afán de ser los dueños de nuestro tiempo, aunque eso signifique dañar a alguien. Nuestro bienestar es la garantía más alta que podemos ofrecer a los que nos aman, cuentan que se dice. Hemos de ser aptos y capaces, estar listos y preparados para ayudarles y servirles, no por nosotros, sino por ellos, cuentan todos esos que dicen eso que se cuenta.

Normalmente los escritores y los poetas hablan del pasado, de la memoria, de las cosas que nos evocan a otras, a otros tiempos y personas, pero aunque al mañana podamos burlarlo, el pasado mañana nos caerá encima como una losa o se elevará como un avión que perderemos inexorablemente. No hay una segunda oportunidad, el tiempo no regresa. No hay que permitirlo, nos aconsejan. Nos persuaden que no debemos dejar de decirnos a nosotros mismos qué es lo que queremos y necesitamos, mirándonos en un espejo, escribiéndolo en un papel y además, eso es lo más importante, declamándolo en público, frente a nuestros compañeros de aula, amigos y familiares, como los alcohólicos que al saludarte y presentarse con su nombre y apellidos añaden también su condición de dependencia alcohólica y su voluntad de derrotarla. Como aquellos viejos comités de los partidos comunistas y sus confesiones públicas, delante de todos se aliviaban de sus errores y faltas, y manifestaban también su deseo explícito de enmienda.

“Hola, me llamo José, tengo 40 años, trabajo en el departamento de olvidos y pérdidas de un empresa de transporte. Estoy divorciado y tengo dos hijos, Luis y Luisa, gemelos de ocho años que viven con su madre. Yo vivo solo y soy idiota, pero según parece todavía nadie se ha dado cuenta de ello”.

Al menos la Iglesia Católica siempre supo que las culpas hay que confesarlas en privado y en secreto, pero aquello eran otros tiempos.

“…me parece que no me estás escuchando, mírame, te estoy hablando, recuerda que nunca te he faltado al respeto, ¿por qué miras esa ventana?, ¿qué sucede ahí fuera que te interesa tanto?

¿Ahí fuera?

Ahí fuera estoy yo,” bailando solo una música que no suena. Unas ancianas me miran, dos sorprendidas, otras tres asustadas y cuatro más sonrientes al oír esa música silenciosa y acompañar mis pasos de baile estrafalario con un leve movimiento de pies. Pronto lloverá, agua que no maná, y yo seguiré con mi danza sorda y saltarina para ir lentamente quedándome parado, inmóvil mientras sigo bailando quieto. Pasmarote, tente tieso, bibelot parado, títere  mustio y santo meditador. Seré tu manto, seré tu piedra, seré tu palo y tu dulce flor.”

Pasado mañana me diré a mí mismo que ayer, incluso que anteayer, ya estaba tomada mi decisión de no ir, de no acompañarla a tomar ese avión. Le diré que se las arregle como pueda y que le cuente al taxista, al aviador, al piloto, al compañero de sillón o al taxidermista, sus cuentos y sus cuentas que nunca suman dos y que nunca llegan a diez.

No debe sorprenderse, ella ya sabe que siempre bordeamos el milagro al igual que la tragedia. Eso siempre es un misterio que está escondido dentro del tiempo.

Yo no sé que puede ser, no estoy muy seguro qué significa exactamente, sospecho qué es, pero sé también que es algo que no se puede nombrar, no hay boca que sea capaz ni tampoco ningún cerebro competente que lo pueda imaginar, edificar y erigir. Nadie puede decir tal palabra en voz alta para que todos la oigan, no es posible, no puede ser, hay que morir ocho veces y media, creo, para tener tal potestad, y ni siquiera Dios ha muerto tantas.


Pasado mañana (2 de 3)



Pasado mañana (2 de 3)

Tampoco nos miraremos. En cambio observaremos, sin prestarles atención, a los demás pasajeros, su ir y venir, los grandes ventanales del aeropuerto y sus puertas de cristal, las muchachas que limpian arrastrando sus cubos y palos. Media hora escasa y después me acompañarás hasta el control de policía, esperarás conmigo en la fila, cuando llegue mi turno nos daremos un seco beso en los labios, pasaré por el detector de metales y mi portafolio, que ya me habrás devuelto, y mis cosas de metal se introducirán en el tubo ése de rayos. Las recogeré, tú todavía permanecerás allí, observando los trámites desde el otro lado, recuperaré mis cosas depositadas en esa bandeja, mi reloj, mi móvil, las llaves de mi nueva casa y una policía me registrará haciéndome levantar los brazos. Al terminar, recolocaré y alisaré mi blusa y mi falda y su cinturón ancho de cuero marrón, y me giraré hacía ti para dedicarte mi última sonrisa y decirte de nuevo adiós, esta vez con mi mano derecha, o la izquierda, no sé, aquella en la que llevaba los anillos y las pulseras que me regalaste y que ya hace tiempo me quité. Serán dos escasos segundos, encararé el pasillo dándote la espalda y me iré. Tú me verás marchar hasta perderme del todo de vista detrás de alguna columna, o medio tapada y desaparecida entre un grupo de turistas desorientados. Eso será lo último que verás de mí, unas manchas de color, la de mi vestido rojo y la de mi cabello negro a lo lejos. A partir de ese momento estarás completamente solo contigo mismo y deberás enfrentarte a tu voluntad y a tu deseo. Te aconsejo que mates al segundo, te lo digo por tu bien. Debes construirte un nuevo futuro sin mí y también un nuevo pasado sin mí. No debes romper ninguna foto, ni olvidar nada, no es necesario, solamente has de… me parece que no me estás escuchando, mírame, te estoy hablando, recuerda que nunca te he faltado al respeto, ¿qué miras por esa ventana?, ¿qué sucede ahí fuera que te interesa tanto?

¿Ahí fuera?

Ahí fuera estoy yo, desnudo, bañándome con la luz de poniente y la de levante. Con el mar bajo mis pies y la tierra después. Luego el fondo, el suelo, y tras la nubes, el cielo.


Pasado mañana se irá. Quiere que la acompañe al aeropuerto, pretende con ello elaborar alguna clase de terapia, una de esas dramatizaciones que intentan ser mágicas y con eso efectivas. Ella le llama a eso la liturgia del adiós, no para de hablar de lo mismo. Parece uno de esos deportistas de élite repitiéndose sin cesar que va a ganar el próximo partido. Ella dice que lo hace por mí, yo soy el referente y el objetivo y ella la doctora. Algunos lo llaman “visualizar” el devenir, dicen que eso hacen los grandes líderes y parece ser que es eso lo que se enseña en esas disciplinas modernas de jefatura y liderazgo. Los profesores les preguntan a bocajarro a los alumnos que les cuenten qué estarán haciendo de aquí a diez años y ellos, sin tiempo de pensarlo, les responden lo primero que les sale de la cabeza. Deben contar algo positivo, claro, demostrar que dominan sus sueños, que son sus propios dueños. Que el futuro está para servirles. No importa que luego nada de eso se cumpla, de lo que se trata es de mostrar seguridad, decisión, coraje, valentía y capacidad para planificar el tiempo que se aproxima y desdeñar el que se aleja. Aprovechar las experiencias para seguir adelante, dicen y cuentan. 

dijous, 17 de novembre del 2016

Pasado mañana (1 de 3)



Pasado Mañana (1 de 3)


Pasado mañana se va y me ha pedido que la acompañe al aeropuerto, que la lleve en mi automóvil y que la ayude con las maletas.

Le he dicho que sí, naturalmente. Pero todavía queda mucho tiempo hasta pasado mañana. Todo lo que resta de hoy, mañana entero, con sus veinticuatro horas incluidas y sus más de mil minutos, y cerca de diez horas más de pasado mañana hasta que la vea desaparecer por la puerta de embarque. Su avión sale cinco minutos después del mediodía. A esta ahora, en el preciso momento en que el aparato se eleve, yo ya estaré de regreso, instalado de nuevo en mi despacho con mis cosas y mis próximos mañanas y pasado mañanas. Pero aún faltan muchas horas para eso y es posible que me desdiga de mi compromiso y ella deba irse sola, en un taxi y cargar con sus flacos brazos esos fardos de maletas que parecen estar llenas de oro, pero que no transportan nada más que chismes, ropa, cremas y algún que otro triste y apolillado recuerdo, fotografías, joyas, libros y cosas así. Medio regalos, obsequios, objetos sin más, obtenidos en momentos llenos de alegría, tristeza y emoción, y que uno desea perpetuar y que se conviertan en símbolos, que alberguen y conserven instantes que solamente vivirán hasta que otros ocupen su lugar.

Han sido cuatro años conviviendo juntos y ella afirma convencida que el último ha sobrado, que nos lo hubiéramos podido ahorrar. Seguramente tiene razón, las cosas son así, pero yo daría cuatro años más de mi vida por volver a vivir cuatro años más con ella. Se lo he dicho, tal cual, usando esa hipérbole olímpica del cuatrienio. Me ha mirado y ha sonreído condescendiente. Sí, lo sé, me ha respondido, sé que todavía me quieres y me duele. Pero tus sentimientos ya no son asunto mío, no dependen de mí, ha continuado. Ahora debes enfrentarte a tu recta, y ya sé que escasa, voluntad. Amarme o no, depende de ti, es tu responsabilidad. No me mires así, ¿por qué crees que te pido que me acompañes?, me ha preguntado al final.


Debes venir, ha dicho señalándome con el dedo, cargar con las maletas, conducir tu automóvil hasta el aeropuerto, dejarme en la puerta más cercana a los mostradores de mi compañía aérea. Luego deberás ir a estacionar el coche en uno de esos miles de cubículos que hay para aparcar. Regresar después andando a por mí, aprovechando las cintas transportadoras. Buscar una carretilla, cargar en ellas las maletas, pero sin soltar de tu mano mi portafolio donde tengo mis cosas más importantes. Ir hasta el mostrador adecuado, hacer para mí el correspondiente embarque, y toda la facturación, pagar el sobrante de peso y cuando ya estemos listos y sin bártulos encima, me invitarás a un café. Lo tomaremos sin decir nada pues ya nada tenemos que decirnos. La conversación que liquidó nuestro compromiso fue rápida, casi telegráfica, apenas cuatro escasas palabras y un adiós seguido de nuestros nombres. Somos personas civilizadas, dijo.

dissabte, 12 de novembre del 2016

Mañana (y 3)

Trent Parke


Mañana (y 3)

El sargento de la Confederación llamado Ethan, dice:

“El indio, tanto cuando ataca como cuando huye, es inconstante, abandona pronto, no puede imaginar que alguien persiga algo sin descanso”.

La cuestión es, y no es un dilema baladí, que a estas alturas de mi vida todavía no sé si soy el comanche que huye o el rostro pálido que lo persigue, de verdad que no lo sé.

Y mucho menos en estos días que me llaman desde América unas voces educadas que me reclaman una deuda.

Las deudas hay que pagarlas y mi vida de estos últimos años demuestra que así lo creo y así lo he hecho. Da igual si es mucha o poca, si es con un amigo o con una de las poderosas multinacionales que rigen medio mundo y que me dicen, con su salmodia medio caribeña y medio andina, que he de pagar mañana sin falta. Pero mañana es imposible y además no puede ser.

Los comanches fueron los primeros caballistas de las grandes llanuras de Norteamérica, ellos, junto con los pueblos  campesinos del Missouri, dieron lugar al nacimiento de lo que se ha conocido más tarde como “Cultura de las llanuras”.

Los comanches, al igual que los utes y los descamisados shoshones, hablan, y casi podemos afirmar que hablaban, una lengua del tronco llamado “uto azteca”, la misma que usaban aquellos que, recién llegados, esclavizaron como lo hacen los bárbaros, los ladrones y los salvajes, a todo México central. Pero Cortés los redimió y los elevó al altar del mito al convertirlos en víctimas cuando no lo eran.

Cortés llegó con dos compañeros, cuatro armaduras, media docena de caballos, una amante nativa que le servía de traductora e intérprete y unos cuantos miles de esclavos que  tenían unas ganas enormes de cortarles la cabeza a sus dueños hasta aquel momento, los afamados aztecas. Esa, como muchas otras, es también una historia de venganzas.

Pero pagar una deuda es todo lo contrario, no tiene nada que ver con una venganza y sí con la justicia y la rectitud. Y nunca, nunca con el resentimiento.

Esas son cuestiones muy difíciles de discernir. En México, precisamente, a The Searchers, se la tituló Más corazón que odio, dando a entender que la persistencia en perseguir a aquellos comanches secuestradores nacía de un concepto profundo de justicia y restitución, no de odio, inquina o triste y mezquino rencor. Pero no solamente eso.

Cuando Ethan por fin, después de muchos años, encuentra y libera a su sobrina Deborah, simbólicamente halla también a su propia familia, aquella que él perdió del mismo modo cuando era un niño. Al rescatarla de los comanches salva igualmente a los suyos, masacrados en otro tiempo y de un modo muy parecido por otros indios. Así pues no puede olvidar a esa niña, Debbie, la hija reconocida de su hermano asesinado, no puede dejar que se la lleve el tiempo y seguir viviendo sin pasado.

Ethan tiene que ser fiel a su infancia y dedicar toda su vida a salvaguardarla y a reconstruirla, y, si es necesario, descender a los infiernos. Debe hacerlo si cree que allí se encuentra o piensa que la perdió tras alguna loma, después de una curva o en el fondo de alguna cañada seca.

Pero Ethan tiene un secreto que no forma parte de esa infancia que quiere recuperar a través de una niña secuestrada, Debbie es en realidad su hija y Marta, su cuñada, el amor de su vida a la que mataron los comanches junto a su esposo y hermano de Ethan que no sabía nada de esa relación, o si la conocía callaba.

Una vez la encuentre y la restituya se irá. Será entonces un hombre triste, profundamente inmerso en una pena que no tiene nombre, pero será una tristeza gloriosa y alegre.

¿Qué significa una tristeza gloriosa y alegre?


No estoy muy seguro, sospecho qué es, pero sé también que es algo que no se puede nombrar, no hay boca que sea capaz ni tampoco ningún cerebro competente que la pueda imaginar, edificar y erigir. Nadie puede decir tal palabra en voz alta para que todos la oigan, no es posible, no puede ser, hay que morir ocho veces y media, creo, para tener tal potestad, y ni siquiera Dios ha muerto tantas.