"WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET"

dijous, 28 de juliol del 2016

Ángela/12 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

12.       La hija de Ángela Martínez López

Tuve suerte y Cristina terminó de leer el libro pronto, así que Daniel me llamó para quedar y prestármelo. Cuando nos vimos traté de llevar la conversación donde deseaba. Le hable de mis padres, que ya estaban muy mayores y cuya situación me preocupaba. Me interesé por su madre, que todavía seguía viva viajando, y, por supuesto, también por Ángela. ¿Qué es de ella?, le pregunté.

Me respondió que estaba enferma, que padecía demencia senil, que ya no reconocía a nadie, que incluso se había vuelto agresiva, violenta y mal hablada cuando antes nunca lo había sido. Hacía seis meses que la había ingresado en una residencia para ancianos, sedada y medio convertida en un vegetal. Cada día eran más las horas que permanecía en cama, no andaba y ya era absolutamente dependiente. No era capaz ni de comer por sí sola.

-¿Qué hiciste con el piso donde ella vivía?, le pregunté. ¿Está vacío?, ¿lo vendiste?

-No, allí vive ahora su hija.

-¿No estaba casada esa chica?

-Sí, se casó. Y al poco tiempo los dos perdieron el empleo que tenían. Ya sabes, trabajos muy precarios, ella hacía de muchacha de la limpieza y su marido de peón en la construcción. Su madre me llamó para pedirme si los podía alojar en la casa. Se habían quedado sin la suya en la ciudad al no poder pagar la hipoteca. Le respondí que sí, que naturalmente. Los dos se instalaron con Ángela. A mí no me pareció mal, además, esa era una manera de no tenerla sola.

-¿Y qué pasó?

-Bueno, a los pocos meses se separó el matrimonio. Él se fue y se quedaron madre e hija, las dos juntas y solas en aquel piso.

-¿El padre apareció alguna vez?, ¿supisteis quién fue?

-No, nunca lo supimos. Oficialmente siempre constó como hija de madre soltera.

-Así debía de llevar los apellidos de su madre.

-Sí, y además se llamaba como ella, igual, Ángela.

-El apellido era Martínez, ¿verdad?, -le pregunté aparentando ignorancia.

-Sí, Martínez López.

-¿Por qué le puso el mismo nombre?, ¿por qué hace eso la gente? ¿Creen que el nombre hace a la persona?

-Quieren pensar que el hijo o la hija no cometerá sus mismos errores. Es una manera extraña de darse una nueva oportunidad a través de otra persona, y para eso nadie mejor que un hijo.

-Yo nunca le pondría mi nombre a mi hijo

-Yo tampoco, pero ni tú ni yo tenemos hijos.

-Para ti debió de ser una buena solución, ¿no? La hija cuidaba de la madre.

-Así fue. Incluso le pagué un sueldo. Lo hice para dignificar la ayuda que les prestaba. Mi ama Ángela era de mi responsabilidad, pero su hija no. Creo que fue la mejor solución para tenerla atendida y cuidada. Hasta que ya ha sido imposible y me he visto obligado a ingresarla en una residencia.

-Claro -le respondí. -Y en el piso vive ahora sola la hija, ¿no? ¿Vas a menudo por allí? -le pregunté con la mejor cara que supe poner de inocencia.

No, hace meses que no voy, hay días que la llamo por teléfono, nada más.

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¿Por qué me mentía?

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-¿Y qué harás con ella?, ¿se quedará a vivir allí?

Le he dicho que se busque trabajo, que su función en esa casa ha terminado ya. Su madre no regresará, morirá más pronto que tarde. Yo no le doy prisa, pero ya se lo he dicho con claridad. Debe encontrar trabajo y también algún sitio para vivir.

-¿Y tú no la puedes ayudar a encontrar ese empleo? -insinué.

-Bastante trabajo tengo en encontrar uno para mí -me respondió algo inquieto -Piensa que también, y de momento, todo eso se financia con el dinero de Cristina, gracias a ella he podido pagar la residencia y demás gastos. Ella no lo sabe, pero lo distraigo de la asignación que me da que es bastante alta.

-Pero son dos niveles profesionales distintos el tuyo y el de ella, no tiene nada que ver una cosa con la otra.

-Lo que yo creo es que durante estos últimos años la hija se ha conformado a una vida relativamente cómoda y fácil, la de cuidar a su madre sin que nadie le diera órdenes. Si quiere encontrará trabajo fácilmente. A propósito, ¿cómo va el tuyo?, me preguntó, cambiando sutilmente de tema.

-¿Cristina no sabe que Ángela está en una residencia?

-No.

-Pero Cristina no es tonta.

-No, tampoco lo es.

-¿Entonces?

-A mi no me ha dicho nada, es decir, da igual que lo sepa como que lo ignore.

dimecres, 27 de juliol del 2016

Ángela/11 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip Lorca diCorcia

11.       De cómo llegué a las puertas de El Paraíso.

Todo eso, debo repetirlo, no era asunto mío, pero creía que cumplía con alguna clase de deber o responsabilidad si averiguaba algo. Tal vez mi amigo estaba metido en algún problema grave y yo debía advertirle. O eso quise pensar que era para, en realidad, disfrazar así mi mera curiosidad.

Una tarde, antes de que él llegara, y antes que apareciera el automóvil que lo seguía, llamé al prostíbulo desde el portero automático que había afuera, en la calle, y pedí que me abrieran. Antes de subir miré los nombres que había en los buzones para las cartas. En uno de ellos estaba escrito el de Ángela Martínez López, era la puerta A del cuarto piso.

El Paraíso estaba en el entresuelo y aunque la casa tenía ascensor subí a pie. Eran pocos escalones. Al llegar al rellano de ese edén, en la puerta A también, la que se hallaba a la derecha, vi que había una morena imponente esperándome con una sonrisa de oreja a oreja. No me fijé bien, pero creo que no iba muy vestida, quiero decir que llevaba poca ropa.

Me disculpé, le dije que me había equivocado de botón al llamar al timbre, que iba al segundo. Me respondió en tono cariñoso no sé qué de “claro, mi amor” y que si me había equivocado podía enmendar el error fácilmente, y que si subía al segundo piso luego debería bajar, que el suyo era un paraíso al que se llegaba también bajando y que ella me estaría esperando, o algo parecido. La chica parecía tener vocación de poeta. Le agradecí su buena predisposición y le respondí con la mejor de mis sonrisas que tal vez otro día.

Subí hasta el segundo, a medio camino del entresuelo donde se hallaba El Paraíso y del cuarto A, donde vivía Ángela Martínez. Allí me quedé, amparado en una sombra y medio asomado a la escalera, procurando ver desde arriba quién entraba en el burdel. Estuve un buen rato, había llegado demasiado pronto. Me sentí como un tonto y pensé que seguramente estaría mucho mejor en brazos de esa morena. En eso estaba dándole vueltas cuando oí abrirse la puerta de la calle. Alguien entró, no pude ver quién era, pero era la hora exacta, la hora a la que siempre llegaba Daniel. Llamaron al ascensor, que bajó. Al llegar a la planta baja abrieron sus puertas y alguien entró en él. El ascensor subió y se paró en el cuarto piso, dos plantas más arriba de donde yo estaba. No sé si era Daniel, pero debía de ser él, era lo más probable. Entre una cosa y otra estuve casi media hora vigilando y rezando para que nadie me viera allí, escondido y casi embozado y pensara que era un ladrón. Durante todo este tiempo solamente llegaron dos clientes al burdel que no eran Daniel, a esos sí los pude ver lo suficiente y no eran él, no vestían como él.

La persona que subió al cuarto piso llamó a una de las dos puertas, mi oído es bueno y juraría que también era la de la derecha, la A. Alguien abrió desde dentro y creí oír también un “hola”, la voz parecía femenina y la respuesta, otro “hola”, de un hombre, pero desde el lugar que ocupaba no podía ver quién era el que abría y quién el que entraba.


Ése que había subido tenía que ser un hombre y tenía que ser Daniel, era jueves y era la hora exacta, las 14,30. Y la tal Ángela Martínez López tenía que ser su ama, no podía ser otra.

dimarts, 26 de juliol del 2016

Ángela/10 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

10.       Pedazos de la vida de Ángela Martínez López.

Daniel se alimentó de los biberones que Ángela le daba como si fueran su verdadera leche, no pudo ofrecerle la suya al no estar amamantando ningún hijo, pero lo crió como si a Daniel lo hubiera parido ella misma.

Ángela se quedó embarazada de una niña a los 45 años cuando Daniel tenía nueve o diez, nadie supo con quién, en el límite de la edad fértil. Esa hija la envió a vivir con Felicia, su hermana casada, a su pueblo de origen, fuera de la ciudad. Su hija no podía quedarse  y estar en la casa de los señores como hija de Ángela. O la enviaba con un familiar, que es lo que hizo, o tenía que irse ella también y perder el trabajo.

Era una paradoja. Cuidaba de un hijo ajeno y no podía cuidar de una hija propia. O si lo hacía debía de renunciar al primero. No podía ser la madre de los dos, debía elegir.

Eligió a Daniel.

Ángela se jubiló a los sesenta y cinco años justos. Medio la echó la nueva señora de la casa, Cristina, la esposa de Daniel, medio quería irse ya, aunque legalmente tampoco podía seguir trabajando. Ya no era útil como antes.

Los tiempos habían cambiado, pero la hija de Ángela todavía no trabajaba en algo que diera suficiente dinero para las dos y así poder ayudar a su madre, que debía vivir con una pensión mísera.

En aquella época Daniel ganaba dinero y sé que la alojó en un piso que compró para ella. Allí la tenía, corriendo él con todos los gastos que los ínfimos ingresos que Ángela percibía no podían cubrir.

Todas esas cosas las supe por él. Daniel me las contaba y siempre lo hacía embargado por una tristeza extraña. Ángela había sido su verdadera madre, la que lo había querido, cuidado y educado. La madre que estaba a su lado cuando enfermaba, la que lo llevaba a la escuela y la que lo recogía a su salida. La que le daba consejos, la que escuchaba sus penas y la que lo consolaba de ellas. La que hubo de esconderse tras una columna de la iglesia para asistir a su boda, y a la que luego casi hubo de mantener oculta como si en lugar de una madre fuera una delincuente.

Ángela había sido una verdadera madre, pero no formaba parte de su vida, de sus ambientes, de sus círculos de amistades. Ángela estaba sola, su única familia era su hermana y su cuñado que casi no había frecuentado y una hija tenida nadie sabe con quién.

La hermana, Felicia, se hizo suya, como es natural, la hija que le entregó Ángela para cuidarla y educarla con Miguel, su esposo, era normal y lo sigue siendo todavía en muchos lugares. Felicia no podía tener hijos, y ella y su marido Miguel la adoptaron como propia. Eso ha sucedido siempre, en muchas familias sobra gente y en otras falta.

Todo eso lo sé por él, repito, pero a Daniel no le gustaba hablar de ello. No se avergonzaba de Ángela exactamente, la quería, pero no formaba parte de su mundo. Era una contradicción y una paradoja muy peculiar y también dolorosa.

-¿Has puesto el piso a su nombre? -recuerdo que le pregunté cuando la llevó allí.

-No, el piso es mío -me respondió -está a mi nombre, ella solamente vive en él, pero no le cobro nada, no paga ningún alquiler. Todas las facturas se cargan en mi cuenta, yo me ocupo de ellas. Incluso había pensado contratar a alguien para que la ayudara en las tareas domésticas, pero no ha querido, no quiere que otra persona la sirva como criada -eso fue lo que me contó un día.

Piensa, me dijo también después de su quiebra, que gracias a la ayuda de Cristina los bancos no han subastado el piso, gracias a Cristina he conseguido así no perderlo y evitar que la desahuciaran. Ya estaba embargado, pero lo salvé casi en el último minuto.

-¿Por qué no la llevaste en su momento al pueblo donde nació y vive su familia y su propia hija?

-Se lo propuse, pero no quiso, no se lleva del todo bien con su hermana y mucho menos con su cuñado Miguel y no sé por qué.

Desde entonces han pasado veinte años, son muchos y ahora debe de tener ochenta y cinco ya. En alguna ocasión he preguntado por ella, pero las respuestas de Daniel son evasivas, se siente incómodo con ellas y yo, por respeto, he dejado de preguntar.

Pero Ángeles hay muchas, ésa de la guía telefónica no sé si es ella, no recuerdo la calle de ese piso donde la alojó, ni si me lo dijo alguna vez. Ignoro si es el mismo al que ahora acude mi amigo cada jueves de una manera que a mí me parece furtiva. No lo recuerdo o no lo sé. Quizás no me lo dijo o yo nunca se lo pregunté.


Quizás sea ella, tal vez sea Ángeles, su ama y su madre verdadera en último caso. O no, y mi primera impresión sea la correcta y solamente busque sexo de pago en ese burdel que se llama El Paraíso.

dilluns, 25 de juliol del 2016

Ángela/9 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

9.       De cómo fue la infancia de Daniel.

A las cinco, una hora antes de lo habitual, me desperté. Empecé a dar vueltas y más vueltas en la cama, insomne y nervioso y sin saber por qué. Toda aquella hora que faltaba para que el despertador sonase me la pasé incómodo y despierto. Así que cinco minutos antes de las seis me levanté, desconecté el despertador y me fui directo a la ducha.

Allí me vino a la mente uno de aquellos nombres. Ángela Martínez López.

Daniel era hijo de una familia rica de antiguo, igual que su esposa, pero en su caso venida a menos, a mucho menos. Ambos estaban acostumbrados al dinero, a tenerlo sin darse demasiada cuenta que lo tenían, a que formara parte de su vida como lo hacían los trajes elegantes y las cosas bellas que acostumbran a ser siempre las más caras.

El padre de mi amigo falleció en un accidente de automóvil dos meses antes que él naciera.

Al dar a luz su madre lo entregó a una mujer que servía en la casa para que se hiciera cargo, para que se convirtiera en su ama, y ella, la madre, se dedicó a viajar.

Fue un parto fácil, y pasado el par de semanas necesarias de recuperación, se fue a París. Esa era su vida, la vida de la madre de Daniel consistía en eso, estar de viaje, regresaba de cuando en cuando y volvía a irse.

Daniel fue educado y criado por esa ama llamada Ángela y cuyos apellidos nunca supe, así como tampoco si todavía vivía o ya había fallecido. Lo que sí recuerdo fue el cariño y el amor que ambos se profesaban y que Daniel nunca escondió. Creo que Ángela no llegó a cambiar en Daniel la influencia de su estirpe, pero sí logró que tuviera una mirada un tanto diferente sobre lo que son las cosas y las personas. Ese segundo ángulo tan necesario para ver el mundo. También recuerdo la extraña y curiosa animadversión que por ella sintió Cristina, la que luego fue su esposa, nada más conocerla. Daniel me decía que la veía como a una intrusa, no soportaba que una simple sirvienta tuviera ese ascendente en él. Daniel era muy propenso a citarla, “Ángela dice”, “Ángela piensa”, “Ángela cree”, y Cristina no podía soportarlo. “Nunca dices eso de mí”, le replicaba. Y era cierto, Daniel nunca contaba lo que Cristina pensaba, decía o creía.

Según parece y según le parecía a su marido, mi amigo, creía que Cristina veía a una rival en esa mujer, una criada que siempre fue mayor, incluso cuando aún era joven. No una rival sentimental ni mucho menos sexual, pero sí una rival.

Ángela fue la típica doméstica, niñera y cocinera que siempre trabajó en la misma casa, sirviendo a los mismos señores y a los hijos de ellos, sustituyendo incluso a las que eran las verdaderas madres y alimentándolos con su propia leche.


dissabte, 23 de juliol del 2016

Ángela/8 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

8.       De cómo averigüé que quizás alguien seguía a Daniel.

Un jueves me tomé el día libre y esperé toda la tarde, apostado en una de las mesas del restaurante para verlo salir. Lo hizo a las ocho de la noche. Le seguí. Caminó dos calles, torció a la derecha, caminó tres calles más y se dirigió a una parada de taxis, tomó uno y se fue.

Hubiera podido subirse a uno de ellos antes, haberlo llamado en cualquiera de los cruces de calles que habíamos pasado. También había cerca una parada de metro de la línea que lo llevaba directamente hacia su casa. Esperé medía hora y le llamé por teléfono. Pregunté por un libro del que habíamos hablado en la cena. Le pedí si me lo podía prestar, me respondió que en aquel momento lo estaba leyendo su mujer, que en cuanto terminase me lo pasaría. En realidad lo llamé para averiguar si había ido directamente a casa o se encontraba en otro sitio.

Sí, allí estaba, en su casa. Pregunté por Cristina, le dije que la quería saludar, siempre lo hacía y aunque los dos sabíamos que nunca habíamos sido amigos ni nunca lo seríamos, manteníamos una relación educada y afable. Ella conocía de sobra que yo estaba y estaría siempre de parte de Daniel. Nos saludamos correctamente, aparentamos unas palabras amigables y colgamos.

Aquel complicado itinerario que siguió al salir del portal parecía dar a entender que se escondía de alguien o bien que tomaba precauciones como hacen los espías en las películas. O quizás me figuraba que era así.

El siguiente jueves también lo esperé. El recorrido fue un poco distinto, pero ocurrió algo. Vi un automóvil que me recordó a otro automóvil. Anoté la matrícula. El otro jueves lo vi de nuevo, era el mismo automóvil. Dentro había un hombre. Los otros jueves también. Alguien le seguía. Pero quizás todo eran imaginaciones mías. No sabía qué hacer con aquella suposición, ni como confirmarla o desmentirla. Un auto lo esperaba a la salida del portal, lo seguía hasta que llamaba un taxi, y luego se iba tras él. ¿Qué significaba?

¿Lo seguía de verdad o era una pura casualidad?, ¿era alguien que más o menos hacía el mismo recorrido? La verdad es que parecía que estaba estacionado y que esperaba hasta que él salía del portal. Lo seguía a unos metros de distancia por una calle o por otra, él cambiaba su recorrido cada jueves y el auto también. Que él cambiase daba a entender que sospechaba o temía realmente que lo pudieran seguir. ¿Qué iba a hacer en aquel piso?

Tomé el metro, y en el trayecto pensé que todavía no había hecho algo obvio: mirar el listín telefónico para saber las personas que vivían en aquel portal. Debía encontrar uno en el que estuvieran listadas las calles, y en cada número de casa todos los abonados. La compañía de teléfonos ya no los editaba, pero en mi casa conservaba uno de viejo, de quince años atrás, no sabía si me podría indicar algo.

Al llegar lo busqué y lo hallé en el armario donde estaban los demás. Lo abrí y miré el nombre de los abonados que allí aparecían y que debían vivir en esa casa de apartamentos. Ninguno me dio una sola pista de algo. Nada. Preparé mi cena, vi algo de televisión, me acosté y al empezar la tercera página del libro que estaba leyendo en mi cama me quedé completamente dormido.


divendres, 22 de juliol del 2016

Ángela/7 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca di Corcia

7.       De cómo Daniel justificaba ante mí a su esposa.

-Ella es una persona normal -me replicó, -no es ninguna heroína. Tampoco es una mujer enferma ni nada parecido, es una mujer, un ser humano como cualquier otro, nada más. Me quiere y me quiere con ella, a su lado, quiero decir, en el sentido protocolario del término. Creo que eso es razonable y debería ser suficiente para mí y también para todos, incluso para ti –me respondió con sorna -las personas no queremos en abstracto, no somos ángeles rubios y asexuados.

-¿Y tú?, ¿a ti te satisface esta situación?

-No creo que ésa sea la pregunta que deba hacerse.

-Respóndela de todos modos -insistí.

-No, claro que no me satisface, hay algo que no termina de estar en su lugar, naturalmente. ¿El qué?, yo mismo, sin duda, yo soy el que no está en su lugar, en el lugar que le corresponde. Ella es la de siempre, ella no ha cambiado. Vale, no lo digas tú, ya lo diré yo. No debía de haber aceptado su dinero a cambio de un matrimonio legal, pero falso. Ya lo sé, es cierto, pero… Lo acepté. Ya está hecho.

-¿Crees que tiene realmente un amante? -le pregunté.

-No lo sé, ni tampoco me importa demasiado -me respondió. Solamente pienso que la conozco algo, poco, pero algo, y sé cómo era entonces en la cama y como, supongo, continua siendo. Era…

-¿Cómo?

-No sabría decirlo, normal, supongo.

-¿Aparentaba?

-Creo que sí, ella siempre aparenta. Quería verme feliz y evitar lo peor, y lo peor para ella es el desprecio de los suyos, y hacía y hace lo necesario para que eso no suceda. Pero esto ya es pasado,  en cualquier caso sería lo más normal del mundo que tuviera un amante, a nadie debería extrañar, un amante con el que no aparentar porque nunca formará parte de tu círculo ni será un miembro de la familia.

-Alguien de fuera, ajeno a todo tu mundo, alguien extraño que realmente te permite ser libre.

-Eso es. Pero me sorprende, e incluso afecta un poco mi orgullo masculino también, que desde mi regreso a casa y mi renuncia al divorcio no me haya buscado ni se me haya ofrecido. Dormimos, como ya sabes, en habitaciones separadas.

-¿A qué lo atribuyes?, le pregunté.

-Creo que tiene miedo a mi rechazo. Porque la rechazaría, sin lugar a dudas. Piensa que ella y yo nos conocemos desde que éramos adolescentes -me respondió mirándome. Nos llevamos un año solamente y la primera vez que nos vimos fue en mi fiesta de cumpleaños, entonces ella tenía 13 y yo 14.

-¿La rechazarías?, ¿lo harías realmente?

-Es demasiado tiempo. No quiero perturbar un recuerdo que en buena parte quiero pensar que fue  hermoso, o no, tanto da.

-¿Lo es?, Daniel, ¿es demasiado tiempo?, ¿tanto da?

-Sí, lo es porque lo conoces demasiado del otro. Yo no quiero pensar que conozco todo lo que ella es, pero sea lo que sea eso que conozco de ella, creo que ahora es excesivo, ya digo, demasiado. Normalmente debería ser algo bueno, algo positivo en dos personas que se quieren, pero en mi caso es una barrera, una molestia. Los secretos, que todos tenemos, ya han sido desvelados y en buena parte se ha producido una decepción, un desencanto. Como dicen los americanos, the game is over.

-No se puede obligar a nadie a permanecer a tu lado en contra de su voluntad.

-¿Quién dice que no?, me respondió algo brusco, levantándose y buscando su abrigo que había colgado del respaldo de una silla.

Era tarde y Daniel quería irse ya. Yo lo había presionado demasiado con tantas preguntas y mi insistencia algo exagerada. Aunque al salir le pregunté de nuevo y a bocajarro qué clase de vida sexual tenía. ¿Recurres a alguna profesional?


-Todavía no, me respondió con una media sonrisa cansina y aspecto de estar harto, ¿me recomiendas alguna? -me preguntó irónico.

dijous, 21 de juliol del 2016

Ángela/6 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

6.       De cómo Daniel me contaba cosas de su esposa Cristina.

Daniel me contaba que al menos eso era lo que Cristina decía, que lo quería, aunque decir dice muchas cosas, continuaba, y algunas de ellas no cuadran con otras que dice o con otras que hace. Pero eso le ocurre a todo el mundo, ¿verdad? Todos decimos o pensamos que decimos lo que luego no hacemos, y yo no quiero discutir más, ya lo hice en su momento y no quiero seguir hablando para nada. Incluso pienso a veces que quizás ella tenga un amante. En cualquier caso ha pagado dinero por algo, es bueno que quiera cobrárselo. No me pide que me acueste con ella en la misma cama, no me exige eso. Puedo sentirme satisfecho, ¿no crees?

Pensé de nuevo que esa era también una frase enigmática, que quizás encerraba algo que Daniel conocía de Cristina y que no quería contar de forma explícita.

¿Qué era eso que no cuadraba en Cristina?

Daniel tenía razón en algo, pero era una razón demasiado obvia, casi banal. Decir y hacer otra cosa distinta nos sucede a todos, incluso, en la mayoría de ocasiones, ni siquiera somos conscientes de ello y nos pensamos que actuamos de forma coherente, que somos personas consecuentes, cuando, la verdad, pocos consiguen serlo.

-¿Qué quieres decir con eso de que hace algo distinto de lo que dice?

-Todo depende del dinero con el que pagas, si es tuyo o es el de otros, a todos nos ocurre igual, es una manera de hablar, ya lo sé. Cristina es una buena persona, pero no sabe ,porque no quiere saberlo, el origen de su dinero.

-¿Qué insinúas?, ¿es ilegal?

-No, no lo es, al menos no todo, solamente una cantidad pequeña, o grande, no sé, como en todas partes, eso sucede en todas las familias, pero ella no quiere saber nada. Su patrimonio lo administran sus hermanos, ellos se encargan de todo.

-¿Sus hermanos saben que ha pagado tus deudas?

-Ella dice que no, pero no lo puedo asegurar.

-¿De dónde dice que ha sacado el dinero entonces y sin que lo sepan sus hermanos?

-De sus ahorros, me ha dicho.

-¿Y tú te lo crees?

-No me queda más remedio. Piensa que no tiene demasiada importancia lo que hacemos mientras haya alguien que crea en nuestra palabra.

-Pero sus ahorros provienen del dinero y el patrimonio que administran sus hermanos.

-Sí, claro, así es. Y eso, como chica buena que siempre ha sido, es lo que no quiere saber.

-Ellos, en cambio, si que deben saber qué hace con sus ahorros, es lo lógico, ¿no?

-Supongo que sí, pero yo tampoco quiero saberlo, en cualquier caso ellos se comportan como siempre conmigo, nadie me ha reprochado nada. Ya te digo, ella me ha dado su palabra.

-La palabra dada es una especie de salvoconducto, ¿verdad?

-Sí, te redime de tus pecados si alguien la acepta, y yo, aunque  no puedo hacer otra cosa, he aceptado la suya y ella la mía. Ambos hemos cumplido.


-Si te quisiera hubiera pagado tus deudas y te habría dejado ir, las dos cosas, y ambas al mismo tiempo -añadí.