"WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET"

dimecres, 20 de juliol del 2016

Ángela/5 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

5.       De cómo Daniel me dijo que no tenía ninguna amante.

Al otro día, viernes, regresé al mismo restaurante, El Circo, pero no lo vi.

La semana siguiente hice lo mismo, decidí seguir instalado en mi “observatorio” y jugar a ser un espía durante la hora escasa que disponía para almorzar. Solamente lo vi aparecer el jueves, de nuevo un jueves. Llegó, llamó, le abrieron y entró. Eso hizo las cuatro siguientes semanas. Exactamente lo mismo, todos los jueves a las 14,30 horas exactas.

No sé a qué hora se iba, yo debía permanecer en mi oficina trabajando, no podía apostarme como si fuera un verdadero policía. Y en cualquier caso tampoco debía, no era de mi incumbencia. Pero la curiosidad me ganaba. Así que le llamé.

Como excusa usé una casi verdad: le dije que deseaba verlo y charlar, porque habían pasado ya cinco meses desde la última vez. Me respondió con alegría. Me contó que estaba ocupado en nuevas cosas, pero que podíamos quedar para cenar. Así lo hicimos. Concretamos la cita, el lugar y la hora. Los dos solos, Cristina no vino, se quedó en casa.

Fuimos a un buen restaurante y luego a un bar de copas para personas que solamente desean conversar en un buen ambiente.

Hablamos de todo y hablamos de él. Me confesó, una vez más, que sus problemas económicos por fin habían terminado, que su esposa había cumplido con el compromiso contraído. Que ahora estaba intentando encontrar un trabajo modesto, o iniciar algo humilde, sin ínfulas, pero en el que se pudiera sentir cómodo. No tenía prisa, su mujer cargaba con todo, ella podía hacerlo y no le exigía nada excepto comportarse en público como un matrimonio bien avenido. Naturalmente no había vida amorosa, ni ternura ni amor y, por supuesto, sexo tampoco. Solamente permanecía un ligero cariño, los restos mustios de aquella hermosa y antigua amistad que también los había unido en el pasado. Pero esa correa corta que lo ataba a ella malhería su ánimo, su dignidad y su orgullo.

Se lo pregunté directamente. ¿Tienes alguna amante?

-¡Por supuesto que no! -me respondió -ni me apetece ni tampoco debo tenerla si quiero que las cosas permanezcan igual.

-¿Igual? Ella ya ha pagado tus deudas, déjala, pide ahora el divorcio. Pórtate como un canalla, incumple tu promesa -le dije sin miramientos.

Ya lo he pensado, me confesó. Pero necesito todavía su dinero para resarcirme y no sé si podré devolvérselo, ella no me lo pide, no hemos firmado ningún papel, no me lo puede reclamar legalmente, pero lo intentaré, quiero devolvérselo. Ella me ha salvado a cambio de seguir manteniendo una pantomima que le interesa continuar. No quiero ni deseo criticar su ética de las cosas, no soy nadie para hacer eso, y mucho menos después de haberme salvado de la ruina. Ésa es tan buena razón como cualquier otra, ¿no crees? Además, me quiere.

-¿Y tu madre, no podría ella haber pagado tus deudas?

-¿Ella?, ¿mi madre?, no digas tonterías, ni lo haría ni yo se lo pediría jamás.

-¿Y tu herencia familiar?


-Sólo podré cobrarla cuando mi madre fallezca si es que no me deshereda antes, pero al paso que va su tren de vida creo que cuando eso suceda ya no quedará nada que heredar.

dilluns, 18 de juliol del 2016

Ángela/4 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

4.       Una escena triste.

Recordé entonces una triste escena vivida con otro amigo y su madre enferma. Aquella mujer iniciaba una demencia que yo creo, sin embargo, que adquirió al nacer y no más tarde, al envejecer y acercarse a la muerte.

Era una anciana que solamente sabía hablar de sí misma colocándose en un pedestal y buscando un público inexistente que aplaudiera. Decía sin ningún atisbo de vergüenza que era un modelo de bondad y de virtud.

En cambio, según su propio hijo afirmaba delante de cualquiera, no hacía más que tergiversar de la manera más descarada, verdulera y desvergonzada los hechos, las circunstancias de las personas y las personas mismas para que todo encajara en el modelo que ella se había construido de sí misma y de su vida.

Todo era falso, todo era mentira. Pero ella no lo sabía.

Fue ésa una escena lamentable y triste para mí y para ese hijo que cuidaba de su madre, para ese amigo mío que trataba de parapetarse y protegerse de ella en un cinismo de cartón.

Yo lo miraba apenado y veía su sonrisa mientras iba desmintiendo, una y otra vez, las palabras de su madre, desvelando a los presentes, incómodos y sorprendidos, el rostro de una bestia, estulta y maligna, ignorante de su maldad, estúpida y dañina, agazapada en algún rincón de su propio cerebro.

En ese lugar recóndito y lejano en el que todos nos hallamos.

Es en esa esquina opaca donde se desarrolla nuestra vida secreta, es decir, nuestra vida sin más.

Porque nuestra vida es siempre secreta, lo es indudablemente para los demás, esa es la realidad, lo malo es que lo sea también para nosotros mismos.

Iba dando vueltas a esos turbios pensamientos cuando recordé algo. Terminé mi café, pagué y me acerqué de nuevo hasta el portal donde había entrado hacía pocos minutos antes mi amigo Daniel. Miré los timbres del interfono. En uno de ellos, en el del entresuelo, había una flecha roja que señalaba un pequeño letrero, en él había escrito, El Paraíso. Era indudablemente un burdel.

¿Ahí había ido mi amigo?, ¿se encontraba ahora en manos de una preciosa mulata? No podía esperar su salida, debía volver a la oficina, tampoco hubiera sido correcto encontrármelo, descubrir su secreto, si así podía llamarse, ponerlo en evidencia. Tampoco estaba del todo seguro de que ése fuera el piso al que se había dirigido. Debía regresar al trabajo.


dissabte, 16 de juliol del 2016

Ángela/3 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

3.       De lo que la gente hace y de lo que la gente dice que hace.

He de confesar, sin embargo, que me intrigó y me desconcertó todavía más un día que ella y yo nos encontramos casualmente por la calle. Nos saludamos con alegría educada, la invité a tomar un café en un bar cercano y al despedirnos me dijo que no debía fijarme en lo que la gente dice, solamente en lo que hace. ¿Por qué lo dices?, le pregunté. No me respondió. Estaba próxima la Navidad, iba cargada con muchos paquetes envueltos en papel de regalo para sus muchos sobrinos de sus muchos hermanos y hermanas, primos y primas. Ellos dos no tenían hijos.

Es cierto, pero es difícil saber lo que la gente hace, incluso cuando puedes observarla en secreto sin ella saberlo. Sus actos nunca son del todo evidentes y nítidos, tampoco sus palabras. No lo son en ellos mismos, en su mera descripción y mucho menos en su significado.

Al pensar en esas cosas recordé un párrafo que escribió Marcel Proust y al llegar a casa lo busqué para releerlo. En “El mundo de los Guermantes” afirma eso mismo al decir que nadie nunca está inmóvil y claro “ante nosotros, con sus cualidades, sus defectos, sus proyectos y sus intenciones, sino que es una sombra en la que jamás podemos penetrar, sobre la cual nos hacemos un cierto número de opiniones basándonos sobre palabras o tal vez sobre acciones que, unas y otras, nos dan sólo nociones insuficientes y además contradictorias...”

Cristina no era exactamente una “intelectual”, ni tampoco una poeta, pero estaba orgullosa de sus convicciones. En su familia había llegado al gran status de “tía”, era casi un título de nobleza. La vi irse cargada con todos esos paquetes llenos de regalos para sobrinos primeros y primos segundos, hermanos y demás familia. Al verla llamar a un taxi, y llenar el portamaletas con todos los bultos que traía Santa Klaus, comprendí por un instante que no permitiera el divorcio de su marido y que incluso llegara a pagar por él.

En un primer momento pensé que Cristina me retaba y me proponía una especie de acertijo, que insinuaba un rompecabezas haciéndose más la víctima que la misteriosa. Seguramente Cristina se refería a sí misma, y a la mala opinión generada en los demás por pagar unas deudas a cambio de un marido.

Era indudable que ella debía tener otra imagen de sí, de sus propios actos y palabras, y sin duda ése era un sentir positivo y satisfactorio sobre su  persona, su voluntad y la manera de hacerla efectiva. Esa sinceridad de la que hablaba antes.


Pero una vez más me encontraba con esa diferencia entre lo que decimos, hacemos, y decimos que hacemos. 

divendres, 15 de juliol del 2016

Ángela/2 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca di Corcia

2.       De cómo mi amigo Daniel renunció a divorciarse de su esposa.

Hacía unos cuatro meses que no nos habíamos visto, pero seguíamos siendo buenos amigos, no necesitábamos vernos cada día ni cada semana. Nuestros encuentros oscilaban entre un olvido falso y una frecuencia alta.

Recuerdo que los dos últimos años no habían sido buenos para Daniel. Sus negocios estaban en bancarrota y su matrimonio naufragaba por todas partes. Su esposa Cristina y él estuvieron varios meses, casi un año entero, separados, aunque no llegaron al divorcio.

Él se fue a vivir a un apartamento pequeño y barato que apenas podía pagar. Incluso le llegué a prestar dinero para cubrir alguna de sus mensualidades. Le ofrecí mi casa, pero sólo consintió en venir el primer mes, hasta que encontró ese apartamento pequeño en una casa sin ascensor.

Durante todo este tiempo, ellos dos, mantuvieron un status quo extraño, esperando una especie de milagro que en cierta manera se produjo.

Daniel siempre fue un hombre independiente y orgulloso, por eso me sorprendió lo que sucedió después.

Al cabo del año se reconciliaron y rehicieron su vida. Al menos eso decían, pero yo sé que no era así, él mismo me lo había contado. Me dijo que ella lo tenía agarrado por el cuello, que dependía de su dinero. Por vergüenza no quiso contarme nada más ni yo tampoco le pregunté los detalles ni las intimidades, pero un tiempo después se sinceró conmigo. Al final ella había sido quien le había salvado de la bancarrota pagando sus deudas. Ése terminó siendo uno de esos secretos a voces, esa clase de cosas que todo el mundo sabe pero que nadie termina de contar abiertamente, tratando así, dicen, de salvaguardar la dignidad de los protagonistas de la historia.

Parecía que habían logrado restablecer la convivencia matrimonial, pero su vida íntima no existía. Eso me contó luego mi amigo, no tenían vida privada, únicamente pública. Su esposa parecía ser una de esas personas que valoran demasiado la opinión de los demás. Al menos eso decía Daniel y creo que tenía en buena parte razón. Ya hacía muchos años que yo también la conocía. Era una mujer algo anticuada en este tipo de cuestiones, de familia rica y de ideas conservadoras, pero que trataba de ser moderna y desprendida, laxa, relativista, en esa moda tonta que cree que cada cual tiene sus razones para actuar como lo hace, dando por supuesto que eso, sean cuales sean esas razones, ya es de por sí suficiente y respetable. En según qué momentos me entristecía ver el mal papel que protagonizaba, sin darse cuenta de que no llegaba más que a ser una mala caricatura de una persona que simulaba ser algo que, en realidad, no era en absoluto.

Un día, Cristina, pareció confesarse ante mí, esa fue la palabra que usó, confesión, como si yo fuera un sacerdote o un psicoanalista argentino. Sus lágrimas me parecieron sinceras, pero ser sincero no siempre es garantía de honestidad. Me contó que no hiciera caso de chismes, que la razón de su vuelta era que amaba a su marido. Así lo contaba, decía que era ella la que había vuelto, no él. Seguramente era así, no soy quién para dudar de ello, pero también había de ser cierto lo que Daniel decía. Según mi amigo, él no debía solicitar el divorcio si quería que ella saldase sus deudas. Esas fueron las condiciones que le impuso su esposa. Daniel aceptó y al hacerlo evitó que los bancos lo dejaran literalmente en la calle.

Continuará...

dijous, 14 de juliol del 2016

Ángela/1 (Relato de verano en 20 capítulos y un epílogo)

Philip-Lorca diCorcia

1.      De cómo vi a mi amigo Daniel entrar en un portal con aire furtivo.

Mi jornada de trabajo era intensa, de ocho de la mañana hasta cerca de las diez de la noche, catorce horas casi seguidas sin apenas interrupciones. En algunas ocasiones podía irme antes, todo dependía de los asuntos que hubiera que resolver. Al medio día, alrededor de las dos, nos tomábamos un pequeño descanso para comer. Había quien se llevaba la comida preparada de casa; en una de las habitaciones teníamos una nevera, un microondas, una pequeña cocina eléctrica y un fregadero, todo lo necesario, incluida la mesa y las sillas, para poder guardar productos frescos o calentarnos algo rápido y comer decentemente. Otros iban al restaurante, teníamos algunos de ellos cerca. Buenos menús a precios módicos.

Yo alternaba las dos modalidades, había temporadas que me traía la comida de casa y otras que iba con algún compañero a uno de esos restaurantes. Era un barrio con bastante oferta de este tipo, comida para oficinistas, dependientas y gente así, variada, buena y barata.

Aquella semana le había tocado el turno al restaurante más alejado de mi oficina. Restaurante El Circo, ése era su nombre, ¿por qué?, porque su propietaria se llamaba así. Ana Circo López, así de fácil, no era ni malabarista, ni trapecista ni payasa, aunque, por lo que alguno contaba maliciosamente, es posible que fuera contorsionista. Las cosas, en muchas ocasiones, son sencillas y simples y no hay que buscarle al gato más pies de los que tiene aunque tenga más vidas que cualquiera.

Un jueves lo vi. Desde los amplios ventanales de El Circo, y mientras me entretenía tonteando con su propietaria, vi a mi amigo Daniel entrar en el portal que se hallaba enfrente, al otro lado de la calle. Quise llamarle y saludarle, pero cuando abrí la puerta del restaurante él ya había entrado. Crucé la calle, me acerqué a la puerta, que era de madera, y me quedé allí sin saber qué hacer, como un pasmarote, miré los timbres del portero automático y regresé al restaurante para terminar mi café.

Me lo bebí pensativo. Me pareció que mi amigo Daniel tenía un aspecto triste, la cabeza gacha, y al detenerse en la puerta del edificio miró a derecha y a izquierda como si quisiera asegurarse que nadie le seguía. Me fijé en que había llamado a uno de los timbres y que le habían abierto desde alguno de aquellos apartamentos. Él no había usado ninguna llave para entrar.  

Continuará...

dissabte, 9 de juliol del 2016

El pelleter pintor

Moebius

El pelleter pintor

Va deixar la pelleteria per dedicar-se a pintar. Abans combinava les dues tasques, però cadascuna li treia temps a l'altra. Va haver de decidir-se per una d'elles perquè eren massa importants com per a compartir-les entre si i per a si. Amb molt pesar va descartar la pelleteria i va escollir la pintura.

El nostre pelleter pintor no s'enganya quan considera encertadament que la història de la pintura acaba amb Velázquez i les seves Meninas quan converteix la finestra en un mirall o a l’inrevés. Amb ell l'espai pictòric s'obre, ens envolta i atrapa, ens fa estar presents, potser com fantasmes, però presents sens dubte. Per primera i última vegada, nosaltres, els éssers reals, i gràcies a la tècnica poètica i pictòrica, habitem la tela i ella ens habita a nosaltres, trepitgem el seu sòl. Això no havia passat mai i mai tornarà ocórrer. El que Velázquez va fer no pot tornar-se a fer fora de la còpia, però abans que ell ja es va entreveure el camí que els holandesos i algun que altre italià van recórrer.

El nostre pelleter pintor sap també que la pintura és un forat, un trencament, no sabem on, però l'esquinç és real. La pintura sempre ens parla del present.

El bombardeig d'imatges que avui dia rebem és aclaparador. Els seus significats són també altres i tan veloçment canviants com el lapse que separa la nit del dia. Ell no desitja estar a la moda, només vol pintar a la seva manera i gaudir amb això. Els temps han canviat i el nostre pelleter pintor no es fa il·lusions, però està disposat a ser pintor encara que hagi de renunciar i sacrificar moltes coses i també acceptar altres. Constatarà decebut que el seu millor model és ell mateix. Igual que molts, com Rembrand o Van Gogh, no tindrà una altra possibilitat si vol pintar que autoretratar-se. El seu rostre serà el seu camp de batalla d'on sortirà tantes vegades victoriós com derrotat.

El pelleter pintor es troba assegut a la seva cadira davant de la tela en blanc, tranquil, tan absolutament relaxat i abstret que la seva mirada s'ha desplaçat i fa estona que la manté clavada, immòbil, en un punt de la paret de la dreta, allà on la pintura blanca mostra una petita i gairebé imperceptible taca de color indefinit. Així porta bastants minuts, reposant la seva ment, despert i mirant amb atenció la petita imperfecció, la irregularitat, aquest senyal minúscul del temps transcorregut des que fa sis mesos va pintar el pis. Només cent vuitanta dies i la paret ja s’està envellint, pensa. Segueix tranquil, però també comença a sentir tristor; aquesta petita marca és un descobriment inesperat i, ben mirat, una solemne insignificança, posar-se trist per una petita taca que fins i tot pot netejar-se amb facilitat en aquesta pintura plàstica és absurd, ho reconeix, i per dins riu. Agafaré un drap net, el mullaré i netejaré la taca. Serà fàcil, es diu a si mateix, un tros de llençol vell i aigua neta, no necessitaré res més. Quan deixi de mirar la taca, m'aixecaré, aniré a la cuina, agafaré el drap i el mullaré amb aigua. La cuina està just darrere meu i a l'esquerra, si vull anar he de deixar de mirar la taca, però és tan petita que potser, quan torni per netejar-la no sàpiga trobar-la, on serà?, més amunt o més avall? , més cap a la finestra o més prop de terra? No està ja tan tranquil, comença a dubtar, la taca segueix allà i ell no pot deixar-la de mirar. Atrapat per una taca petita de color indefinit que potser només ell és capaç de veure?

Al cap de dos mesos van trobar al pelleter pintor mort, assegut a la mateixa cadira i amb els dos ulls oberts mirant no sé què a la seva dreta.

3 de juliol de 2006

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El peletero pintor

Dejó la peletería para dedicarse a pintar. Antes combinaba las dos tareas, pero cada una le quitaba tiempo a la otra. Tuvo que decidirse por una de ellas porqueeran demasiado importantes como para compartirlas entre sí y para sí. Con mucho pesar descartó la peletería y escogió la pintura.

Nuestro peletero pintor no se engaña cuando considera acertadamente que la historia de la pintura termina con Velázquez y sus Meninas cuando convierte la ventana en un espejo o viceversa. Con él el espacio pictórico se abre, nos envuelve y atrapa, nos hace estar presentes, tal vez como fantasmas, pero presentes sin duda. Por primera y última vez, nosotros, los seres reales, y gracias a la técnica poética y pictórica, habitamos la tela y ella nos habita a nosotros, pisamos su suelo. Esto no había ocurrido nunca y jamás volverá ocurrir. Lo que Velázquez hizo no puede volver hacerse fuera de la copia, pero antes que él ya se vislumbró el camino que los holandeses y algún que otro italiano recorrieron.

Nuestro peletero pintor sabe también que la pintura es un agujero, una rotura, no sabemos en dónde, pero el desgarro es real. La pintura siempre nos habla del presente.

El bombardeo de imágenes que hoy en día recibimos es abrumador. Sus significados son también otros y tan velozmente cambiantes como el lapso que separa la noche del día. Él no desea estar a la moda, sólo quiere pintar a su manera y disfrutar con ello. Los tiempos han cambiado y nuestro peletero pintor no se hace ilusiones, pero está dispuesto a ser pintor aunque tenga que renunciar y sacrificar muchas cosas y también aceptar otras. Constatará decepcionado que su mejor modelo es él mismo. Al igual que muchos, como Rembrand o Van Gogh, no tendrá otra posibilidad si quiere pintar que autorretratarse. Su rostro será su campo de batalla de donde saldrá tantas veces victorioso como derrotado.

El peletero pintor se encuentra sentado en su silla frente a la tela en blanco, tranquilo, tan absolutamente relajado y ensimismado que su mirada se ha desplazado y hace rato que la mantiene clavada, inmóvil, en un punto de la pared de la derecha, allí donde la pintura blanca muestra una pequeña y casi imperceptible mancha de color indefinido. Así lleva bastantes minutos, reposando su mente, despierto y mirando con atención la pequeña imperfección, la irregularidad, esta señal minúscula del tiempo transcurrido desde que hace seis meses pintó el piso. Sólo ciento ochenta días y la pared ya está envejeciendo, piensa. Sigue tranquilo, pero también comienza a entristecerse; esta pequeña señal es un descubrimiento inesperado y, bien mirado, una solemne insignificancia, ponerse triste por una pequeña mancha que incluso puede limpiarse con facilidad en esta pintura plástica es absurdo, lo reconoce, y por dentro se ríe. Cuando me levante, cogeré un trapo limpio, lo mojaré y limpiaré la mancha. Será fácil, se dice a sí mismo, un pedazo de sábana vieja y agua limpia, no necesitaré nada más. Cuando deje de mirar la mancha, me levantaré, iré a la cocina, cogeré el trapo y lo mojaré con agua. La cocina está justo detrás de mí y a la izquierda, si quiero ir he de dejar de mirar la mancha, pero es tan pequeña que tal vez, cuando regrese para limpiarla no sepa encontrarla, ¿dónde estará?, ¿más arriba o más abajo?, ¿más hacia la ventana o más cerca del suelo? No está ya tan tranquilo, empieza a dudar, la mancha sigue allí y él no puede dejarla de mirar. ¿Atrapado por una mancha pequeña de color indefinido que quizá sólo él es capaz de ver?

Al cabo de dos meses encontraron al peletero pintor muerto, sentado en la misma silla y con los dos ojos abiertos mirando no sé qué a su derecha.


3 de Julio de 2006

dijous, 7 de juliol del 2016

El pelleter boig



El pelleter boig

El pelleter boig es llevava cada matí molt d'hora, volia ser el primer en sortir, passejar sol, gaudir dels carrers buits, clars i poc il·luminats. Esmorzava sempre a la mateixa cafeteria, no llegia el diari i mirava només el fum de la seva tassa i el de la pipa que acabava d'omplir i encendre de perfumat tabac. Estava completament boig, però no se li notava en absolut. Una mica més tard es tancava al seu taller, allà disposava encara de dues hores per pensar en les seves coses, abans que els seus empleats comencessin a arribar.

A l'hora convinguda es posava a treballar i a l'hora convinguda se n'anava a casa. Sopava, mirava el fum de la sopa i el de l'última pipa del dia amb el seu tabac picant i aromàtic i recordava, plàcidament abstret, alguna cosa important que no sabem ni podem imaginar.

Els diumenges i festius feia vida social i sexual. Encara que sense gaire entusiasme els seus amics i amigues l’estimaven i l’apreciaven, estava completament boig, sí, però ningú ho hagués dit, era bon company i amant, i encara que de vegades absent i desmemoriat, el fum, l'olor i la forma de les seves pipes li conferien un aspecte familiar i confortable, i en un racó poc il·luminat i en silenci la seva estampa s'esvaïa suau i agradablement sense molestar. En silenci i gairebé a les fosques ningú se n'adonava que somiava coses tan importants, o no, que també ignorem i que en cap cas podem ni tan sols sospitar.

Al matí següent quan tots encara dormien sortia a passejar per carrers buits, clars i encara poc il·luminats.

Estava completament boig, però no se li notava en absolut.

10 de juliol de 2006

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El peletero loco se levantaba cada mañana muy temprano, quería ser el primero en salir, pasear solo, disfrutar de las calles vacías, claras y poco iluminadas. Desayunaba siempre en la misma cafetería, no leía el periódico y miraba sólo el humo de su taza y el de la pipa que acababa de llenar y encender de perfumado tabaco. Estaba completamente loco, pero no se le notaba en absoluto. Un poco más tarde se encerraba en su taller, allí disponía aún de dos horas para pensar en sus cosas, antes de que sus empleados empezasen a llegar.

A la hora convenida se ponía a trabajar y a la hora convenida se iba a su casa. Cenaba, miraba el humo de la sopa y el de la última pipa del día con su tabaco picante y aromático y recordaba, plácidamente ensimismado, algo importante que no sabemos ni podemos imaginar.

Los domingos y festivos hacía vida social y sexual. Aunque sin mucho entusiasmo sus amigos y amigas le querían y le apreciaban, estaba completamente loco, sí, pero nadie lo hubiera podido afirmar, era buen compañero y amante, y aunque a veces ausente y desmemoriado, el humo, el olor y la forma de sus pipas le conferían un aspecto familiar y confortable, y en un rincón poco iluminado y en silencio su estampa se desvanecía suave y agradablemente sin molestar. En silencio y casi a oscuras nadie se daba cuenta que soñaba con cosas tan importantes, o no, que también ignoramos i que en ningún caso podemos ni siquiera sospechar.

A la mañana siguiente cuando todos aún dormían salía a pasear por calles vacías, claras y aún poco iluminadas.

Estaba completamente loco, pero no se le notaba en absoluto.

10 de Julio de 2006