"WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET"

dissabte, 12 de novembre del 2016

Mañana (2 de 3)

Trent Parke



Mañana (2 de 3)

Hace unos años tuve que mantener en un buen estado aparente unos viejos y agujereados zapatos, los únicos que me quedaban. Ellos no impidieron ni tampoco fueron un obstáculo para que medio enamorara a una peluquera, con ellos también caminé kilómetros por la ciudad para ir a verla porque no tenía ni un céntimo para el autobús. Ella lo sabía y le hacía gracia ayudarme, darme de cenar y cortarme gratis las puntas de mi cabello largo. Mi aspecto era cuidado porque siempre he sabido sacar provecho de la ropa vieja, que consigo, al ponérmela, que no parezca estar pasada de moda.

Ahora soy alguien afortunado, tengo dos pares de zapatos sin agujeros y dos pantalones y medio, pues uno sí presenta un espléndido orificio en la parte de la rodilla, son unos jeans, y les queda bien este desgarro si cuidas el resto de la indumentaria para no presentar un aspecto desaliñado y pobre. Tengo también un reciente traje negro que compré expresamente para un viaje especial, lo he usado pocas veces y está impecable. Una buena corbata de las muchas que conservo, de seda o de cuero negro, en una simple camisa blanca dan el pego, hacen el efecto necesario para que los demás te miren con confianza y algo de respeto. Incluso, si sabes gesticular como lo hacía John Wayne, exactamente como lo hacía él, puedes sentirte más a gusto contigo mismo.

¿Cómo gesticulaba ese gran actor? Con amplitud, sus gestos llenaban toda la pantalla, de derecha a izquierda y normalmente de medio arriba a medio abajo, de las 10 hasta las 4 del reloj, mirándolo de frente. Caminaba recto, pero ladeaba algo el cuerpo. Siempre fue un hombre corpulento de una manera natural y sin esfuerzo.

Pero todo esto, ¿a qué viene?, ¿por qué cito a ese actor? Lo cito y viene a cuento de la famosa película que vi ayer por enésima vez. Ya no recuerdo todas las ocasiones en las que la he visto, que son muchas. “The Searchers”.

En ella, John Wayne, un sargento de la Confederación llamado Ethan, dice algo curioso de los indios que siempre me ha llamado la atención, y que creo cierto no solamente en ellos.

Lo dice en un momento que parece acercarle al fracaso en su intento reiterado por recuperar a su sobrina, que ha sido secuestrada por los comanches. En ese asalto criminal han muerto asesinados también el resto de la familia de su hermano. Vivían en una granja solitaria y demasiado expuesta al viento y a cualquiera que pasase por allí. Todos muertos y violentados, su hermano, su cuñada y los otros dos hijos. Solamente logra sobrevivir, el perro.


Ya llevan, él y el muchacho medio mestizo y medio sobrino suyo que lo acompaña, muchos años así, sin frutos y con escasas pistas que todavía no les han conducido por el buen sendero. Todo este tiempo deambulando sin descanso y sin ninguna clase de éxito los desgasta, no son las mismas personas que partieron; duermen al raso, viven casi al margen de la comunidad para no conseguir ningún resultado válido por el momento, persiguiendo de una manera obsesivamente enfermiza a una niña que ya será, sin duda y después de todos estos años, una mujer comanche. Un fantasma de aquella Debbie que todavía jugaba con muñecas.

Mañana (1 de 3)

Trent Parke


Mañana (1 de 3)

Debía de haber hecho el pago el pasado día 29, hoy estamos a 8, apenas han pasado 10 días. La deuda no alcanza los 250 euros, pero aunque es una pequeña cantidad me es imposible hacerla efectiva.

Desde hace cuatro días me llaman cada tarde, y me repiten las mismas palabras exigiéndome el pago inmediato. Yo les respondo que podré hacer el correspondiente ingreso o transferencia el próximo día 20, de aquí a doce días. Ellos me indican que no pueden esperar tanto, que debo regularizar la situación mañana sin falta. Me dicen también que firmé con ellos un contrato y que debo cumplirlo. Les respondo que el primer interesado en solucionar esa desagradable situación soy yo mismo, pero que antes del día 20 me será imposible. Ellos insisten en que no pueden esperar, y que esta demora en la cancelación me va a generar intereses y comisiones. Les digo que lo comprendo, pero que hasta que no llegue el día 20 no podré pagarles; añado que esa información ya se la he comunicado a los otros compañeros suyos que me han llamado los días pasados. La persona que está al otro lado del aparato me responde con el mismo tono de voz, pausado, educado, con esa dulce melodía latinoamericana, que me llamarán cada día hasta que yo realice el pago. ¿Cada día?, pregunto. Sí señor, me responde tranquilo, cada día, todos los días de la semana y del año, aunque sea bisiesto, incluso en Navidad o fin de año. Me callo, no digo nada ni nada respondo. Mi interlocutor entonces rebobina la cinta como un robot y vuelve a empezar preguntándome si será posible que yo realice ese pago mañana mismo, que es lo más conveniente para mí para no generar gastos innecesarios. Le respondo igualmente como un robot una vez más que no, que no podrá ser hasta el próximo día 20, de aquí a doce días, él me contesta que no pueden esperar, que debo conseguir el dinero como sea y pagarles mañana. Les reitero que no puedo conseguir ese dinero. Por fin me dice que entonces irán llamándome hasta que yo les pague, me desea que pase y que tenga un buen día, lo hace con esa cantinela y en esa fórmula educada que usan esos países americanos. Yo le respondo que también le deseo a él que tenga un buen día.

Y colgamos.

No son unos mafiosos. Esos con los que hablo no son nada más que una variante contemporánea del esclavo, unos empleados que por poco dinero defienden los intereses de una gran corporación bancaria mundial con sede en los Estados Unidos de Norteamérica. Que sean de allí no tiene la más mínima importancia ni revela tampoco nada especial o singular. Yo soy un ferviente admirador de los USA y de su cultura política. Ya me he visto en otras épocas en circunstancias exactas a ésa que he descrito con bancos de aquí. En este caso, como en muchos más, debemos recurrir a la teoría del bosque y no a la del árbol. Todos son iguales. Mi experiencia acumulada me sirve para enfrentar la situación con humor y filosofía británicos, saber trocear y compartir el disco duro de mi cerebro humano para saborear los momentos escasos y dulces del día, sin tener que preocuparme o afligirme por un mañana funesto e ineludible.

Durante esos próximos doce días que faltan para poder realizar ese maldito pago tengo 16 cortos euros para sobrevivir. Yo creo que serán suficientes para comer, tengo la despensa bastante surtida y creo que excepto los yogures y el pan, nada más deberé comprar. Quizás sí alguna manzana y tal vez un poco de pollo. Poco más, creo. Podré subsistir. En último término me quedan los amigos a los que puedo pedir que me inviten a cenar algún día en sus casas a cambio de no importunarles demasiado con esa manera mía de ser, seca y destemplada, ni tampoco sacando a relucir mi pobre y lamentable situación económica. Ellos no quieren oír problemas y mucho menos de personas cercanas y queridas como sus propios amigos, en este caso yo. Es curioso, puedes escuchar lamentos o descripciones difíciles de penas y tragedias mientras los protagonistas sean desconocidos, o al menos personas con las que no te sientes vinculado y por tanto obligado a nada. Un amigo es distinto, con él nunca sabes si debes ayudarle, de qué manera, con qué y hasta qué punto.


La amistad es una relación ambigua y extraña. La familia es diferente, en ella no caben dudas. Por esa razón, cuando se es adolescente, se prefieren los amigos y se dice la tontería esa de que a ellos los eliges y que, en cambio, la familia te viene impuesta por el azar y la genética.

dissabte, 5 de novembre del 2016

Hoy (y 5)



Hoy (y 5)

Al huir uno tropezó, y al caer se rompió la muñeca al poner las manos en el suelo, al levantarse le hirieron en la cara, pero logró regresar con media boca rota y los dientes colgando.

Ellos querían cortar el camino que salía del pueblo y que todavía manteníamos abierto. Por él nos llegaban los suministros. Cerca, tras una curva que protege una loma baja, nos despiojamos el otro día ella y yo. Era una manera como tantas de jugar al amor, besarnos y acariciarnos mientras nos reventábamos los piojos entre nuestras uñas sucias. Manchados el uno del otro le bañaba el cuerpo con mi semen acuoso y ella sonreía y se dejaba lavar, salpicar y manchar con eso, y mientras se dejaba y sonreía pedía más, y yo hacía lo que podía y lo que podía era todo lo que yo sabía hacer, que no sé si era mucho pero era todo lo que tenía y todo eso lo soltaba en ella como prenda de mi amor. Eso le decía que era y ella sonreía todavía más al escucharme decirlo sin dejar de mirarme y sonreír, agarrándome del pene y pidiéndome más.

Al oírla vi un mirlo quieto.

Y recordé que no recordaba pájaros volar.

Unos estábamos quietos y los demás estábamos muertos, o viceversa, en cualquier caso éramos nosotros, ese era el resultado de hoy.

Hoy nos matábamos los unos a los otros y mañana sería a la inversa. Eso fue todo y nada más. Nada más que eso que fue todo y nada.

La guerra cansa, pero más cansa la batalla. Se cansaron y empezaron a parar para descasar. Paramos todos lentamente, despacio, disparo tras disparo el cielo sucumbió como el mismo mar, para al final, ceder al silencio.

…pude ver el fogonazo con mi ojo derecho y agachar la cabeza, ella estaba de espaldas y cayó casi porque sí…

Todo eso sucedió hoy.

Como cuando tú te callaste.

Esa mudez no tiene nombre, ni una palabra que la denomine, creo que sé lo que es, pero es algo que no se puede nombrar, no hay boca que sea capaz ni tampoco ningún cerebro competente que la pueda imaginar, edificar y erigir. Nadie puede decir tal palabra en voz alta para que todos la oigan, no es posible, no puede ser, hay que morir ocho veces y media, creo, para tener tal potestad, y ni siquiera Dios ha muerto tantas.


Hoy (4 de 5)


Hoy (4 de 5)

La rosa se hundía cada vez más y yo quería robársela a la cueva y al río que ella buscaba y que nunca fui yo.

Alguien gritó algún insulto y después de él alguien se rió a lo lejos. Empezaron a gritar sin dejar de disparar y sin evitar que los troncos se partieran y las ramas emprendieran el vuelo con sus hojas verde oscuras teñidas de agua de lluvia y de un amor lejano, una ternura nebular, una añoranza infantil con el miedo de nuestra madre incrustado en sus manos que nos acariciaron cuando todavía no habíamos nacido.

Unos amenazaban con matarnos a todos después de cortarnos los pies y las manos. Otros querían arrancarnos la lengua y las orejas. Y luego había quien también quería cortarnos los párpados y dar el resto a los cerdos o a los jabalíes y a los perros salvajes que liberados había por allí. Nosotros respondíamos con otros insultos y terminábamos todos matando a la familia antes de habernos matado entre nosotros.

Yo me reía mientras lloraba al verla muerta a mis pies.

…una añoranza infantil con el miedo de nuestra madre incrustado en sus manos que nos acariciaron cuando todavía no habíamos nacido.

Aquellos ocho que quedaban de los doce de la mañana seguían inmóviles, y echados en el suelo, esperando que llegara la noche para huir. Allí estaban enfangados y sin pestañear y a diez metros de ellos su tanque agujereado. A uno de los nuestros se le ocurrió que había un ángulo ciego desde algún punto y que podía llegar hasta el tanque, parapetarse y lanzarles alguna granada a esos que estaban allí, quietos. Así lo hizo, ése y un par más que le acompañaron. Estaban locos o borrachos, no sé, ¿para qué los querían matar si se estaban quietos? Lanzaron cuatro ganadas, nada más que cuatro, las conté y no sé si consiguieron matar a alguien, pero un obús les cayó cerca y huyeron. Al huir uno tropezó, y al caer se rompió la muñeca al poner las manos en el suelo. Al levantarse le hirieron en la cara, pero logró regresar con media boca rota y los dientes colgando.


La idea era cercarnos, llevaban ocho meses así y todavía no lo habían conseguido. Los teníamos encelados dando la sensación de debilidad, evitando evacuar definitivamente el pueblo. Eso producía muchas muertes, era un desgaste atroz, pero servía de algo, creo. Podían estar dos o tres semanas sin disparar una sola bala, para luego pasarse mes y medio dándonos a entender que se había desatado el apocalipsis encima de nuestras cabezas. No sé por qué hacían eso, quizás nos querían poner nerviosos, pero yo creo que esa era la señal de que estaban más locos que nosotros. Era casi como una relación amorosa, tan cansada como ilusoria. La mejor trampa siempre es uno mismo, cuando te juegas la vida el otro cree que eres sincero. Nos querían envolver, y nosotros, en su debido momento, los cercaríamos a ellos. Debíamos llevarlo acabo antes de los próximos seis meses, no aguantaríamos mucho más de un año dando a entender que estábamos a punto de sucumbir, pero sin llegar nunca a rendirnos, cada día a punto de huir como ovejas asustadas, para continuar, en cambio, clavados impertérritos en el suelo como estacas de palo alto, lengüetas sonoras de palo santo. Casi parecía amor. Nos estábamos acostumbrando a eso, el uno al otro, buscando al mismo tiempo la manera de deshacernos el uno del otro, sin conseguir nunca del todo dejarnos sin oxígeno para respirar. Haciéndonos todo el daño posible sin matarnos nunca del todo. El amor es casi como la guerra y la guerra es casi como el amor. Eso es casi como todo.  

Hoy (3 de 5)



Hoy (3 de 5)

Uno de ellos al echarse al suelo rebotó en una piedra, debió golpearse y asomó el cuerpo con su cabeza, lo maté yo mismo desde unos sesenta metros.

Inmóvil, tenía ganas de algo que no sabía qué era pero que sabía que no era hambre. Fuera lo que fuese no me bajé los pantalones para hacer eso que me exigía el cuerpo, lo hice así, tal cual, casi porque sí, sin bajarme los pantalones ni los calzoncillos que no sé si llevaba, en ellos hice algo que quería hacer, creo que era necesario, que fue inevitable, lo hice sin dejar de disparar, también era ineludible no dejar de hacerlo, disparaba sin bajarme los pantalones. Las heces resbalaban por mis piernas y se amontonaban encima de mis zapatos con el agua y el fango, el rifle automático humeaba con el calor y la lluvia.

A mis pies empezó a formarse un río, era uno más que buscaba el mar.

El mar.

A lo lejos el mar se hundía justo en el centro de la tierra hundida en sí misma.

La rosa crecía también bajo la tierra cubierta por el manto de musgo empapado por aquella agua que no era la suya. Encima el árbol, sus ramas apuntaban al cielo, era un árbol sin ojos que no me miraba. Los árboles no miran a nadie mientras les crecen las rosas debajo ni tampoco cuando las hojas le roban la luz a Dios.

La rosa se hundía cada vez más y yo quería robársela a la cueva y al río que ella buscaba y que nunca fui yo.

La miré. Tenía los ojos cerrados como un árbol pero solamente estaba muerta de muerte, de un ansia asesina que apenas conocía todavía, era demasiado pronto para ella, aun era temprano. ¿Me amaste?, le pregunté de nuevo, y no me respondió aunque ya no esperaba ni necesitaba que lo hiciera. Al menos no en aquel momento, no cuando se mata.

Ya no podía verla. Se iba precipitadamente, sin agonía, así se murió, estupefacta por morirse y por morirse deprisa.

La rosa abre cavernas en su lecho seco.


La rosa entristece mi deriva viva mientras disparo desde lejos y no puedo ver, porque no soy capaz de mirar el rostro de los míos, ni a mis vivos ni a mis muertos pues no distingo los unos de los otros y casi tampoco distingo los míos de los ajenos excepto porque ambos me matan igual.

Hoy (2 de 5)



Hoy (2 de 5)

Lo soltaban todo, y algunas cosas más que ni ellos mismos sabían qué era.

No sé todavía si me amaste, le dije. Le dije eso o algo parecido a alguien, pero cuando quise decirle eso es cuando el más anciano de todos nosotros empezó a danzar y a tocar el violín.

Era la música de las montañas que picudas se plegaron para dejar de ser estepas y llanuras interminables y planas y que en otra época habían sido incluso viejos lechos de mares desaparecidos y que ahora solamente eran montañas y valles negros, pozos, vaguadas, desfiladeros, cañadas, montículos y gargantas estranguladas llenas de árboles necios.

La rosa estaba escondida tras aquella montaña presente, bajo un árbol que crecía encima altivo y solemne. De su lado disparaban recostados unos hombres sobre un manto de hiedra, sus ropas empapadas. Uno cayó cerca malherido, los míos lo apresaron todavía vivo y lo acuchillaron y lo tendieron desnudo en lo alto de una roca para que fuera visto como un saco vacío. Era una bandera. Me alegré. Y me gustó verlo muerto y castrado. Era incluso una escena bella y ensoñadora. La muerte propia o ajena es una manera como otra de imaginar.

…de su lado disparaban recostados unos hombres sobre un manto de hiedra…

…susurré mientras los veía, mientras los veía susurrar.


Trataron de avanzar por la derecha parapetándose en un blindado viejo que más parecía un tractor estropeado que una mole de matar. Querían asustarnos con aquella máquina que disparaba sin demasiado tino. Si eso tienen, pensé, es que les faltan cinturones para sujetarse los pantalones y lazos o cordeles para atarse los zapatos, deben ir descalzos o con alpargatas como ése que acabamos de matar y castrar. Todavía tiene los testículos en la boca, diez metros más y lo verán crucificado en la roca. En realidad vienen a por él, quieren rescatarlo de esa piedra de la que cuelga. A nosotros nos faltan tanques pero nos cubre más barro que a ellos y tenemos mejor ojo y más modernos rifles. Con sólo dos disparos matamos a dos que iban delante. El carro siguió avanzando. Otro disparo más y cayó el tercero de aquella docena que venían a rescatar a su compañero, los nueve que quedaban se pararon en seco y se echaron al suelo, la máquina seguía imperturbable y directa hacia dónde nos encontrábamos medio escondidos y hundidos en la tierra. Uno de ellos al echarse al suelo rebotó en una piedra, debió de golpearse y asomó el cuerpo con su cabeza. A ése lo maté yo desde unos sesenta metros. El blindado se paró, chirrió y sacó humo por sus juntas, se postró medio metro en un hoyo lleno de lluvia, piedras y algo de carne de un cadáver suyo o nuestro. Le disparamos una granada antitanque que le dio en plena barriga, se abrió la escotilla por la presión desde dentro, pero no salió nadie, solamente una humareda negra y algún quejido. Los ocho que quedaban no se movieron ni nosotros nos acercamos, ni siquiera cuando la lluvia arreció, no se veía nada a dos palmos, pero nadie se movió, ellos estaban en nuestra tierra de nadie y a nosotros nos seguía cayendo encima todo el granizo de la creación.

Hoy (1 de 5)



Hoy (1 de 5)


Cuando tú te callaste.

. . . . . . . .

Hoy estuvieron todo el día disparando. Lo soltaban todo. Desde fusilería y morteros hasta artillería pesada, y creo que algo más que no sé qué era.

Empezaron temprano, yo miraba al norte y pude ver el fogonazo con mi ojo derecho y agachar la cabeza, ella estaba de espaldas y cayó casi porque sí.

La bala le entró por el riñón izquierdo y le salió por el estómago, salió de ella y ella brotó de aquel agujero de bala y con ella se escapó algo más que un líquido trasparente que parecía agua.

Se dio cuenta inmediatamente que se moría rápido, casi porque sí.

Creo que porque sí empezó a llover agua y algo de fango, era agua sucia. Tronó y relampagueó de verdad mientras aquellos disparaban también de verdad. Del cielo caía de todo.

No sé todavía si me has amado, pensé, mientras la miraba morirse deprisa.

Mi mano trató de evitar la hemorragia. Dijo algo, me miró, sonrío y murió.

Lo soltaban todo, y algunas cosas más que ni ellos mismos sabían qué era.

Me arrodillé, agarré el fusil ametrallador, monté el arma, asomé la cabeza y comencé a disparar mientras ellos nos disparaban.

Mientras ellos nos disparaban…

…nosotros también les respondíamos con todo lo que teníamos que no era mucho pero era lo que había y lo que había lo lanzábamos como podíamos con todo el dolor de nuestros cuerpos abatidos y nuestros corazones abandonados en el camino que lleva al mar…

…por ese camino corríamos desesperados y huíamos y disparábamos y mientras partíamos y nos íbamos buscábamos el rumor de alguna ventana abierta una puerta erguida el olor de tu falda rota que rota aleteaba y volaba y con ella nos elevábamos y nos caíamos y mientras disparábamos llovía agua de verdad y tronaba fuerte desde aquellas nubes que llenaban todo el cielo que nunca más volvió a ser inmaculado…


…ella yacía a mi lado embarrada cuando me di cuenta que yacía a mi lado embarrada.