"WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET"

divendres, 6 de gener del 2017

Marco (y 8)


Marco. (y 8)

Mi curtidor, al que compro las pieles que pinto, asegura que morimos igual que fornicamos, como conejos asustados, tiene razón, mis clientes me lo demuestran cada día al querer parar el tiempo. Los más ancianos cuentan que la vida transcurre demasiado rápida, aciertan también en ello, pero ignoran que los acontecimientos ocurren deprisa porque todo ha sucedido ya y no volverá a repetirse, el azar es fugaz y escurridizo, no es jamás un cuento vuelto a contar. Solamente podemos pintar el pasado, el presente es invisible y el fututo no se puede recordar. Gala y yo, al hablar, lo hemos convocado y en nuestras palabras se ha encarnado como si hubiéramos construido un ídolo, una casa común, un abrazo.

Gala está enferma, se muere, y quizás por ello me ha pedido, por primera vez, que decore sus habitaciones en las que nunca he estado, que dibuje en ellas alguna escenografía arquitectónica que ensanche su casa ya que no puede ampliar el tiempo que le queda.

Las simulaciones arquitectónicas pintadas decoran un espacio vacío como si fueran el escenario de un teatro griego, como él, ellas también, están elevadas por encima de la línea del suelo y del horizonte gracias a un zócalo que nos hace levantar la mirada. El entablado es una cama y un altar en el que ocurren los acontecimientos y por ello el poder es esencialmente teatro, un drama, trágico o cómico, que representa una recreación en la que no siempre están claras las reglas del juego porque la casualidad, como en la arena del circo, mata a quien le parece y no solamente al que nos disgusta. En el circo y en el anfiteatro la vida transcurre por encima de ese zócalo, más allá de nuestros ojos.

Gala venia y se iba de mi estudio como una ola, pero se marchaba con una tableta pintada debajo del brazo que yo le pintaba y en la que dos parecían fornicar sin demasiados miramientos, es decir, ciegos, aturdidos, que es cómo se debe de yacer si se quiere copular bien y de la forma correcta, mirando sin ver si la que está contigo es una desconocida o tu madre, un pasavolante o tu hijo.

El retrato es silencio y ausencia, es un umbral y como toda pintura una frontera. Los retratos visten a sus fantasmas igual que los sudarios a los muertos, pero ellos no son, como en la vida que llamamos real, ninguna máscara. Todos, tarde o temprano, deberemos atravesar un valle silencioso acompañados de una mujer predispuesta a cortar “lo que salga”, y saber, como dijo Anaxágoras, que los fenómenos son lo visible de las cosas desconocidas.

Algunos han pintado en mansiones secretas los Misterios, esos derechos de paso, esas guías para no perderse y encontrar las estrellas que nos señalan la otra orilla. Mis arquitecturas, en cambio, no llevan a ninguna parte, ni al otro lado ni a nuestra casa, ni son reales ni mentirosas tampoco, en ellas no hay nadie, ni figuras ni animales, ni plantas ni flores, aunque algunas veces pinto, medio escondido al fondo del jardín, algún ciprés.

¿Por qué cerramos los ojos a los cadáveres?, porque la luz proviene de ellos, de los ojos y no del sol ni del fuego, sus rayos son unos puentes entre islas que nos permiten viajar de la misma manera que lo hacen los pájaros y las palabras, las mías y las de Gala que me dice que su esposo la gira de espaldas desnuda y le besa la nuca al levantarle sus cabellos oscuros mientras sus manos le acarician los senos, ella siente su falo clavarse en su espalda, allí donde empiezan las nalgas y buscar ansioso su ano estrecho y angosto, Gala pretende girarse y besarlo, me cuenta que quiere hundir su lengua en su boca, apresar la de él y asirle el miembro con sus manos untadas en aceite, pero su esposo no la deja para que así aumente, y crezca sin fin, su celo de él, ese ardor que quema y no consume. Eso me dice que hace para que yo lo imagine, lo vea y lo pueda pintar para ella.

¿Y qué le hacéis vos a él, le pregunto a mi vez sin pestañear?

Con parsimonia y sin apartar la vista de la mía me lo cuenta también, pero yo, aquí, no lo revelaré pues para ello, quién quisiera saberlo, habría de pagarme lo que le pidiera que es mucho, pero que no es ni menos ni más que lo que me merezco por pintar, con tantos pelos como señales, lo que hay dentro de mí, en la luz de mis ojos y de mi cráneo hueco, y eso, la verdad, no hay rico ni mendigo que lo pueda pagar.

Su encargo de pintura arquitectónica para su casa es una especie de invitación, cuando me presente, con mis bártulos de pintor, encontraré y descubriré lo que ya sé, su soledad irreparable, que es igual que la mía, por eso le regalaré el retrato que le he pintado durante todos estos largos años en una fina y pequeña tabla de madera envuelta en un paño blanco y limpio de lino, así sabrá que ni ella ni yo hemos estado solos desde el día en que nos vimos por primera vez. Nos observarán celosos, desde el Hades, su esposo y mi Esther, y nos pedirán, una vez más, que no los olvidemos.

No lo haremos, pintaré una barca y traspasaremos las columnas de Hércules, nos acompañarán los delfines y, al igual que hacen los guerreros celtas, perseguiremos al sol en busca de unos ojos negros que siempre nos mirarán.

Marco (7 de 8)


Marco. (7 de 8)

Dicen que el mundo no se puede explicar y que la lengua que usamos para describirlo es una invención, una quimera, siempre se habla sobre lo que no existe, se cuenta lo que no sucedió, se pintan los sueños y se describe solamente un universo irreal, por ello Gala y yo repetimos lo mismo, hablamos del sexo de su matrimonio, una simple excusa, algo que sólo vive para nosotros en esa pequeña estancia íntima de mi estudio, un coto vedado, nuestra particular anacoresis común.

Han ido pasando los años, le he pintado decenas de tablas y advierto, de una manera simple y sencilla, que he visto a Gala tan desnuda como la podría haber contemplado si yo hubiera sido su esposo o su amante diario. Ella y yo, aunque no nos conocemos ni nos conoceremos jamás, hemos estado jugando a conocernos hablando de una extraña fontanería que no conduce el agua a ninguna parte como afirmaban, en sus famosos diálogos estoicos, Augustus y Fidelius, padre e hijo, que igualmente conversaban sobre amores no consumados como lo hacemos Gala y yo, platicando solamente.

Hablando de otros hablamos de nosotros, y... Gala me ha estado mintiendo, no me ha contado la verdad, o al menos no de una forma correcta, su esposo murió unos años antes de venir a verme el primer día, y sus dos hijos fallecieron al poco de nacer. Vive sola con unos pocos esclavos viejos.

Conmigo ha construido una sencilla farsa a medias, revivir a su marido en nuestras entrevistas cuando de él sólo queda una máscara mortuoria de cera. Tampoco tuvo ninguna juventud disipada ni le gusta el teatro ni la música especialmente más que lo que gusta a cualquiera, no yace ahora ni lo hizo antes con ninguna mujer ni con ningún esclavo ni amante ocasional. Todo ha sido una simulación para continuar viviendo a su lado gracias a mí.

La única realidad es que sólo ha tenido, y ha conocido, a un hombre en su vida, él, su esposo que la desposó; es cierto también que le fue absolutamente fiel y que siempre lo amó como siempre ha dicho, con ternura y pasión, con dulzura y energía, con absoluta decisión.

Podría parecer, entonces, que sólo habla de oídas, que las fantasías que me pide en mis pinturas las ha escuchado, o visto, en otros, pero no es cierto, sabe bien lo que cuenta y conoce perfectamente y por sí misma cada uno de los detalles que describe mucho mejor que mis putas que no recuerdan ni siquiera una décima parte de la mitad de lo que han hecho con los hombres con los que han estado durante el día.

Así es, Gala es viuda y lo es desde hace mucho, la mujer de un solo hombre; su esposo murió en las guerras de los emperadores hispanos y ella lo añora y lo revive conmigo en mis dibujos, lo sé desde casi el principio y ella sabe que lo sé, su amor y su devoción la traicionaron, y sus palabras la delataron, en ellas encontré la verdad.

Yo, Marco, sólo soy un pretexto, un instrumento, su mejor espejo, y no me importa, ¡qué más da!, yo también tengo a mi cocinera, a mi Esther, a la única mujer de mi vida y a la que siempre he sido fiel igualmente como ella, a mi niña que recuerdo cada día y cada noche de cada día sin olvidarme de ninguna.

Gala y yo no nos hemos tocado ni rozado nunca, hemos, en cambio, conversado y nos hemos contemplado en mis tabletas de madera que he pintado y de las que emergen unas imágenes que hacen realidad nuestros pensamientos igual que si un dios, al apiadarse de nosotros, abriera una ventana para juzgar nuestros corazones, simples manzanas de un jardín secreto, verdes y maduras, que habremos de comer como caníbales para poder sobrevivir.

“Noli me tangere”, dicen que le dijo Jesús a Magdalena cuando le vio resucitado, no soy el que era, no debes ni puedes tocarme.

Durante este largo tiempo he ido dibujando en secreto su retrato, su bello rostro de ojos almendrados y de sonrisa esbozada que da a entrever que sabe aquello que ha de saber y que es únicamente lo que de nosotros depende. A ese deber nos hemos sometido los dos porque siempre hemos sabido que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las infidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza, ella patricia y yo liberto hemos sido como dos hermanos o dos hermanastros, los tratos siempre justos y creo que, a pesar del teatro que nos hemos ofrecido, jamás nos hemos mentido.

dijous, 5 de gener del 2017

Marco. (6 de 8)



Marco. (6 de 8)

Entre palabra y palabra se desgrana nuestra conversación, ese diálogo tranquilo y tan estimulante como lo es hablar de lo que ya se sabe con alguien desconocido, una relación de cliente a orfebre que casi es una metáfora; entre ambos se establece una analogía mientras la escucho, pinto, dibujo y coloreo lo que me dice procurando ser el mejor alumno de un aula en la que sólo estamos ella y yo.

A veces sus pesos y medidas, sus palancas y sus apoyos me recuerdan a los de un arquitecto o a las de un fino ingeniero, pero en otras ocasiones creo estar entre las cucharas y las ollas de una cocinera voluptuosa que sonriendo da a probar a su comensal una muestra de la mejor sopa de pescado.

En ocasiones incluso señala su propio cuerpo resaltando con sus manos sus volúmenes y me manifiesta la falta de arrugas y verrugas, y en una ocasión me mostró, incluso, su sexo abierto únicamente para que lo viera y lo pudiera oler y así dibujar mejor, igual que si fuera, decía, las flores de Venus, el origen del mundo, allá donde su marido quiere regresar cuando muera porque cuenta que antes del feto hubo un coito, el de sus padres queridos que ya han fallecido y que, como todos, copularon como cualquiera.

No poda esa flor, la deja crecer y reverberar, no se depila ese centro del universo como la mayoría, en eso su señor es anticuado y prefiere la exhuberancia de los impenetrables y profundos bosques germanos, llenos de pinos y castaños, que los desiertos de los caldeos más llenos de pozos secos que de oasis húmedos y fragantes.

Le gusta que la mujer se pose encima, y asegura, sin atisbo de duda, que ellas cabalgan mejor al no tener nada que les cuelgue entre las piernas. No le digo que no, respondo, pero las ubres bailan si no se las aprisiona, sueltas pueden desequilibrar la estaca más tiesa. Me dice que sí riéndose, que los pechos sueltos de una mujer, bailando como peonzas, desequilibran al más pintado, parsimonioso y desapasionado. Pero también prefiere la postura del perro y entrar y salir de dentro de cualquier agujero aunque sea la famosa cueva de los vientos y ella misma la parte masculina y su esposo una pobrecita virgen asustada. 


En esa clase de disertaciones y diálogos se desarrolla nuestra relación artística y pornógrafa en la que trato siempre de satisfacer a la señora usando solamente la plática y la maestría de mi corta lengua hablada y mis pobres manos que exclusivamente retienen, entre su índice y su pulgar, un sencillo pincel o, también, un tosco y grueso carbón negro, más negro que el negro que se pueda pintar o imaginar en esas entrepiernas que escupen rayos, truenos y el fuego de más de mil vesubios, calderas y fogones. 

dimecres, 4 de gener del 2017

Marco. (5 de 8)



Marco. (5 de 8)

Gala es muy escrupulosa en los detalles gráficos e iconográficos que constituyen el ensueño pornográfico que me solicita que pinte, una simulación, naturalmente, un invento, una representación exagerada de sucesos que creemos observar en los demás o en otras pinturas que hemos visto, una mera y sencilla mimesis convencional pues deseamos solamente los deseos de los otros, fornicamos viendo cómo lo hacen aquellos que lo hicieron antes que nosotros en el teatro o encima de la mesa del triclinium, los coitos reales son siempre normalmente banales, rápidos, sin imaginación ni demasiado interés ni estético ni escenográfico fuera del mérito o el vicio de abrir algún que otro cuarto trastero.

Acude con ganas a mi estudio privado y en él tenemos, y tejemos, unas conversaciones largas, amenas y muy interesantes sobre gestos y ademanes, posturas y miradas insinuantes; ella siempre dice que le hubiera gustado ser una hetaira, una obra de arte en movimiento y éxtasis, una dama especial, bella, culta y elegante para hombres únicos, excelentes, inolvidables, esa clase de seres que saben, y lo saben bien, que solamente tienen la vida que perder.

En realidad pinto a su dictado las cosas que me sugiere que son muchas y que yo, de manera educada y atenta, también le propongo. No es remilgada y no distingue la convención y el prejuicio entre el dar y el tomar, y la diferencia sexual y moral que existe entre el amo y el sometido, y sí, en cambio, la social, gracias a la cuál, me dice, perdura el orden del Imperio y de las castas.

Siempre me pide que las mujeres que pinto, y en contra de lo habitual, muestren debida y deliberadamente los pechos al aire como si fueran sábanas que se deban aventar, no le gustan las fajas que las buenas costumbres les obligan a llevar aprisionándolos y sometiéndolos.

Es muy incisiva en las expresiones de los rostros en el momento del orgasmo y en el retraimiento que luego acontece, piensa que en ese rictus doloroso, y un poco bobo, se encuentra algún secreto que desearía desvelar y encontrar. Me pregunta si yo sé algo sobre ello y le respondo, con cara de inocencia, que no, que lo ignoro, que no tengo ni idea, que desconozco esos escondites lascivos del alma, pero que como pintor sí le puedo contar las mil historias que me describen las putas que venden mis dibujos, y que como hombre pienso que todo es mentira y que todos cuentan más de lo que saben y desconocen, y descaradamente el doble de lo que han visto. No quiero parecer delante de ella más sabio ni tampoco más ignorante de lo que soy, así que como siempre es mejor que las palabras no empeoren los silencios me callo y escucho.

Hay ocasiones en que la acompañan unos esclavos que sin mucho arte me ofrece como modelos y que practican unas cópulas raras y malabares de puros gimnastas, yo prefiero sus palabras, pero parece toda una maestra en morfología erótica y en geografía carnal y sensual, me recuerda a los médicos y embalsamadores egipcios que se han hecho famosos en Roma, sus lecciones de anatomía están muy concurridas por la población, son todo un espectáculo que compite con el del circo y bien merecería que alguien las pintara algún día en honor al detalle y al conjunto teatral que representan con los intestinos al aire y el gremio de galenos a su alrededor.


Siempre quiere que los penes estén bien pintados y bien colocados, las vulvas perfectamente perfiladas y en su sitio correspondiente, y que las felaciones no dejen lugar a dudas de lo que son,  pues es una destreza que agrada mucho a su esposo y que ella, afirma también, practica con entusiasmo y pasión sin permitir que ni una gota del preciado semen se pierda o caiga al suelo. Yo le respondo que hace bien y le pregunto, sólo para pintar adecuadamente las expresiones de los rostros, si mientras tiene el miembro dentro de su boca la lengua la deja quieta o la mueve como las alas de un moscardón que recuerden el temblor y la vibración de las cuerdas de una lira. Me responde que así lo hace al final, que la suya vibra igual que la lengüeta de una flauta, pero que empieza solamente soplando como si de una buccina se tratara, pero que, sin duda, suena mejor, más fina y más profunda, cuando no se olvida de acariciar los testículos de su esposo que ya no deben de colgar como badajos inertes y mudos sino pegados al culo, y parecerse más a los huevos duros de codorniz que a los de gallina.

dimarts, 3 de gener del 2017

Marco (4 de 8)


Marco. (4 de 8)

Gala es una patricia de mediana edad y mi mejor clienta. Casada y con dos hijos, se enaltece de la virtud que en otros tiempos revistió a su clase y que, según ella, engrandeció a Roma llevándola a dominar el mundo.

Está muy orgullosa del amor y de la devoción que siente por su esposo al que le proporciona esas pinturas mías de amores casi prohibidos entre humanos como si fueran entre animales. Su vida transcurre tranquila, viven ambos una existencia retirada y medio solitaria en el campo en una pequeña hacienda austera y sin adornos; a sus años no le gustan las multitudes ni los banquetes, detesta las relaciones sociales que exigen a todos ser educados y amables sin desearlo, un esfuerzo por el que ya no se siente obligada y que rehúsa siempre que puede.

Cuenta que tuvo una juventud algo desordenada que recuerda con una mezcla de excitación y nostalgia, una época lejana que, en el fondo, añora. Unos años demasiado llenos de bullicio y de esos invitados que en las fiestas comen demasiado, de amigos y de familia, de desconocidos y de pasavolantes, de actores y profesionales de la escena y de las artes, o de cualquier otra cosa que sirviera para dar espectáculo y servir de modelo a los demás. El más pintado aseguraba ser un flautista, un bailarín y el mejor amante del mundo o la más bella muñeca para usar y romper, un recuerdo de ayer. Músicos y saltimbanquis, acróbatas y engañabobos, iluminadores de cárceles y de estancias oscuras con fogatas que terminaban incendiando castillos de arena que habían creído estar construidos con roca compacta.

Pero después de las risas siempre vienen los llantos, el resultado es irremediablemente feo, zafio y antiestético, pero, lo reconoce Gala también, extrañamente seductor y atractivo, el regusto es amargo como el vinagre o la cerveza caliente que emborracha a pesar de su mal sabor.

Como describió Petronio en su Sutura, dentro de los cerdos asados algunos necesitan encontrar palomas vivas, efebos lujuriosos y vírgenes listas para desflorar.

Luego, es inevitable, hay que limpiar, tirar la basura y la porquería y comportarse con los demás como si nada hubiera ocurrido, que el recuerdo no nos estropee el presente, y aunque la primera labor la realicen los esclavos, la segunda solamente es cosa nuestra.

No se puede vivir permanentemente como si fuera el último día de nuestra vida, solamente es posible hacerlo si realmente lo es: el último día de nuestra vida. Sin embargo, cada uno se dice adiós a sí mismo de diferentes maneras, algunos buscan que el ruido les impida pensar, otros, en cambio, prefieren el silencio y ver llegar tranquilos el sol que los matará.

El amanecer es más asesino que la misma muerte.

Pero eso ocurrió en su juventud, ahora, afirma rotunda, es una mujer fiel y tranquila, considera que las relaciones lésbicas que dice que practica, de vez en cuando, no cuentan como faltas ni engaños ni mucho menos tampoco como actos adúlteros; por ser entre mujeres piensa que no van más allá de un simple juego inocente, casi infantil, y que en ellos no hay traición ni deslealtad. 

diumenge, 1 de gener del 2017

Marco (3 de 8)



Marco (3 de 8)

Las historias de las rameras son también una escuela de la vida, una señal fidedigna y fiel del alma que se expresa a través del cuerpo, una manera de enfrentar y vencer el miedo, pero... Cuentan que comemos de la misma manera que besamos, que hablamos, cantamos y bailamos, que reímos y lloramos igual que copulamos, que nuestros gestos nos revelan como libros desenrollados, pero no es verdad, nada de todo ello es cierto fuera de la perspicacia y la sagacidad del ojo de la Medusa que con su astucia y clarividencia ve más allá de lo que se puede mirar y que no es nada que los pobres humanos podamos ver.

Dicen igualmente que las palabras y los silencios cuentan cuentos y patrañas que no están en ellos, son la música de las manos y los gestos, si quisiéramos verdaderamente conocerlas deberíamos arrancarles la piel a las mismas lenguas y a los labios que las pronuncian, desnudar las palabras porque el verbo calla cuando Venus danza y mis putas saben de lo que hablan, ellas contemplan el mundo desde una atalaya que se eleva por encima de las nubes al encontrarse más abajo de los ombligos. Todo el mundo dice la verdad cuando miente aunque incluso se mienta siendo sincero, y mucho más en los asuntos de Eros que en los de Plutón. El sexo es barroco como un capitel corintio o estoico a veces como uno dórico, nuestro mundo se adorna con palabras del segundo y con gestos del primero según le vaya, es un intento de revestir de buen gusto lo que de por sí nunca lo tendrá.

Pero nadie escucha, las voces entran por una oreja y salen por la otra, nadie presta atención y otros callan y no dicen nada porque hay cosas difíciles de entender porque no son fáciles de explicar.

Algunas prostitutas quieren pagarme con sus servicios, pero yo siempre he pensado que su carne no es comestible en el estricto sentido de la palabra y más prefiero un pescado al horno, un pollo de corral asado y un par de coles hervidas para mí, y mis dos esclavos, que su marisco que no se pesca en ningún mar ni río, ni llena mi olla ni alimenta tampoco nuestros estómagos.

Yo también sé de lo que hablo si bien parezca uno de esos estoicos o impasibles cristianos que se enorgullecen de su celibato. He pintado muchos de los lupanares de la ciudad, sus habitaciones, sus paredes interiores y los muros que dan a la calle para anunciarlos, las cuevas de las famosas lobas romanas que han alimentado a todos sus ejércitos; en su día, de niño, bebí de esas ubres y percibo su olor a distancia, esa humedad extraña y ese olor dulce a queso y a despensa cerrada que como una trompeta muda reclama hombres para sí, y reconozco, sin lugar a dudas, el acorde de sus voces, ese timbre y esa manera curiosa de doblar las lenguas hacia dentro cuando no pretenden contar todo lo que saben o no quieren confesar que se creen por conveniencia, o por ignorancia, todo lo que les cuentan.

La mayoría de los destinatarios de estas tabletas son hombres, jóvenes y mayores, muchos adolescentes y bastantes ancianos, aunque también hay alguna que otra mujer solitaria a la que le gusta verse pensando que ella es la reina de la orgía. Sea como sea mi mejor cliente es realmente una que se llama Gala que dice que compra mis dibujos para su esposo al que parece le faltan las fuerzas para alzar su propio vuelo y su propia espada.

Mis dibujos estimulan el deseo azorado y vergonzante de los clientes que así se deciden y pagan más de lo que habían pensado en gastar al salir de casa. Anudo, en una sola imagen, pasado, presente y futuro, en ellas, en el deseo que alimentan mis dibujos pornográficos, ven posible vivir ahora de un recuerdo, propio o ajeno.

Porque los recuerdos no son sólo nuestros, algunos los regalan y otros los roban.

dissabte, 31 de desembre del 2016

Marco (2 de 8)


Marco. (2 de 8)

En casa de Lucio amé a Esther, una hebrea pálida de cabellos y cejas negras, esclava como yo, una de las cocineras de aquél taller que nos sustentaba con sus guisos y sonrisas, una niña casi y toda una mujer después cuando murió de lepra, amputada de todo su color, borrada. De sus muñones nacieron otros, tan blancos, que parecían la luna llena.

Lucio lloró mucho su muerte y sus lágrimas me hicieron sospechar que Esther pudiera ser mi hermanastra. Pero esa es una historia que no debe ser contada aquí ni en este momento.

Hay noches en las que creo que todavía me acompaña, pienso que no ha pasado tanto desde que falleció en mi propia cama, pero en realidad hace más de media vida como si mi primera mitad hubiera sido mi vida entera junto a ella.

Después de obtener nuestra libertad, los esclavos manumitidos quedamos sin protección y no logramos mantener abierto el taller de Lucio, nos peleamos y nuestras discrepancias y envidias nos llevaron a la pugna estéril, a perder la clientela y a sufrir, por primera vez, hambre y frío.

De igual forma que su muerte nos había dado la libertad, ahora, la independencia nos regalaba una soledad no esperada ni deseada. La soledad y la libertad siempre van unidas y si queríamos la segunda teníamos que tomar la primera, no hay la una sin la otra como no hay derecha sin izquierda ni arriba sin abajo. Con este regalo añadido no tuve más remedio que elegir entre dos alternativas verdaderamente contrapuestas, venderme de nuevo como esclavo o establecerme por mi cuenta y buscar mi propia clientela. Elegí la segunda y abrí, no sé cómo todavía, un pequeño taller en el centro de la misma Suburra.

Desde entonces vivo solo, prefiero que sea así, no depender de nadie aunque no tenga qué comer; el recuerdo de Esther me continúa acompañando y con él poseo más que suficiente para seguir hablando conmigo mismo. Con todo, y de manera sorprendente, he conseguido, más bien que mal, mantenerme junto a un par de esclavos que limpian mi propia casa, cocinan y elaboran los pigmentos y los aglutinantes que utilizo para pintar y satisfacer a mis clientes que quieren ver pintados, en las paredes de sus mansiones austeras de patricios sobrios y justos, los palacios que tendrían si fueran reyes etruscos o sátrapas babilonios.

Mi reputación es buena, si bien me conocen pocos, no soy un pintor popular, solamente un mero artesano que ha de usar sus manos para trabajar. Procuro ser honrado en lo que ofrezco por las monedas que pido; vivo de una manera aceptable en mi pequeña y barata casa que poseo, pero no habría podido comprármela en las subastas públicas de deudores si no hubiera tenido algo parecido a una actividad paralela, medio secreta, y discreta, que me proporciona un suplemento económico, regular y muy importante; realizo pequeñas tablas eróticas y pornográficas para disfrute de aquellos que necesitan ver a otros fornicar para levantar su propio ánimo y miembro como si al mirarlas les proveyeran de las alas que ya no tienen y que seguramente nunca tendrán.

Reparto mis tabletas obscenas por los burdeles y prostíbulos de la Suburra, al lado de casa; son las mismas putas las que me las venden a cambio de una pequeña comisión y alguna que otra historia que me cuentan de voluptuosidades inconfesables, orgasmos desorbitados y posturas imposibles. Sus relatos, verdaderos o falsos, están llenos de mujeres perdidas y de hombres depravados, o bien de todo lo contrario, de honestas matronas y honrados varones que necesitan dejar de serlo para encontrarse a sí mismos transitando por calzadas peligrosas y desconocidas para ellos. La muerte siempre acecha y en la lascivia queremos creer que hallamos una manera de engañarla, ese juego bien explicado de entradas y salidas da lugar a mil anécdotas y enredos entre listos y tontos y en los que nadie, ni los unos ni los otros, consigue sobrevivir indemne y sin heridas.