"WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET"

dimecres, 12 d’abril de 2017

Fusco (y 6)



Fusco (y 6)

Sexta se pega a mí como una babosa, con las piernas abiertas y encogidas me atrapa en su seno, su sexo es una boca sin dientes, algo debe de tener roto por dentro porque no logra quedar embarazada; es una oquedad que atraviesa una montaña, no hay nada al otro lado, tan profunda y natural como un pozo, es igual que la más simple de las mujeres que también quiere un nido aunque no sepa volar, odia y ama, como afirma Gayo Valerio Cátulo en uno de sus poemas, ¿cuántos besos le son bastantes?, se pregunta, tantos como granos tienen las playas de Libia, se responde a sí mismo, tantos como estrellas contemplan las noches los furtivos amores de los hombres...

Siempre muda, siendo igual se transforma, silenciosa, callada, estática, paralizada desde el principio se arrastra lenta como un conejo asustado y me susurra su calma y su miedo como si yo fuera un caballo al que hay que domesticar, un asno de orejas largas y falo desmesurado, pero no es así, no soy eso ni mi pene mide más que la palma de mi mano abierta.

La ceremonia nupcial ha sido sencilla y estrictamente privada, hemos aceptado los bienes que Prócula aporta a través de su hermano como dote. Mi padre ha testado a mi favor y yo al de mis sobrinos. Ese ha sido el trato.

Uno de los hombres que maté, y que habían ocupado la casa de la ya mi esposa, era un facineroso, un bandido, hijo del acreedor principal de Cneo, el hermano de Prócula. Ya veo llegar a los esbirros que enviará para vengarse. Los matones que me cortarán el cuello están esperándome en la próxima esquina y aunque sabré defenderme no tendrán piedad de mí como yo tampoco la tuve de ellos.

Ya soy un hombre muerto, lo soy desde hace tiempo. Estamos a primeros de junio y extrañamente hace fresco, las noches no son lo claras que deberían, está lloviendo como si volaran gorriones, entre sus alas pétalos, nubes y el agua de los ríos de la luna que sin saberlo regará esos jardines llenos de nada y de cerezos.


Fusco (5 de 6)




Fusco (5 de 6)

Los romanos vivimos de nuestros esclavos mientras nos dedicamos al ocio, a robar a los demás y a matarnos entre nosotros. Aníbal ahora lo tendría más fácil. Marco Porcio Catón siempre afirma que los matrimonios de hoy en día se sustentan en los cuernos de los esposos que como cervatillos se casan y como uros ibéricos se divorcian. Y Tito Lucrecio Caro que ha visto “derramar la sangre de los ciudadanos para aumentar sus riquezas, la avaricia doblando las fortunas, acumulando asesinato sobre asesinato, la crueldad gozándose en los tristes funerales de un hermano, los padres rechazar y huir de la mesa de los allegados” (De rerum Natura)

Los cerezos que Camilo Licinio Lúculo ha traído de lejanos países son la admiración de muchos. Craso quiere conquistar la Mesopotamia y Julio traspasar el Elba. Pompeyo cuenta que ha entrado en el Santa Sanctórum del Templo de Jerusalén y que en aquella pobre habitación no ha visto ningún dios ni a su estatua. Yo vivía de Sexta y de Prócula, las dos eran a su manera la pequeña cámara que Pompeyo Magno visitó y que encontró vacía.

Cuando de joven estudié Historia y Retórica, griego y latín, un viejo profesor que había ejercido de tribuno en los primeros consulados de Mario, un hijo de Alejandría llamado Constantino y al que gustaban los muchachos,  me insistía que vivimos en una ciudad que siempre se lleva a cuestas y de la que no podemos escapar, que ella también es un raro jardín y una cárcel al mismo tiempo, un pesado fardo, un coto cerrado, amurallado. Aunque los demás, decía, son igual que tú, no te ven, nadie se reconoce a pesar de estar hechos todos con la misma sustancia, los bárbaros y los esclavos igualmente y mucho más las mujeres, los seres más parecidos a los hombres aunque estén constituidas al revés que nosotros, el afuera está adentro y el adentro está afuera, para entrar en ellas hay que salir y para salir hay que penetrar en ese recóndito lugar, vacío y lleno. No esperes ser el único, multitudes pueblan ese hades que también es, curiosamente, tu casa, el cielo entero, vivos y muertos lo habitan, reales o imaginados, con ellos deberás compartir tu anhelo de la mejor manera que sepas aunque para tu seguridad no cedas a tu mujer ni una lágrima, ni un lamento ni muchos menos ningún halago, no es ella la que yace contigo, es otra que no conoces ni tampoco conocerás, nadie te mira, nadie te ve excepto tú. No permitas pues que profanen tu templo, ese fantasma que arrastras desde el día en que tu madre te parió, tu deber será liberarlo de extraños y de mercaderes aunque tengas que usar el látigo, de ladrones y de mentirosos, si quieres saber algo habrás de vivir solo aunque vivas acompañado. Piensa, concluía, que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, de los tratos y de las infidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. Cumple pues, y de buena gana, los compromisos, lava tus muertos y recoge con tus propias manos sus cenizas.



dimarts, 11 d’abril de 2017

Fusco (4 de 6)



Fusco (4 de 6)

Prócula tiene a sus esclavos y yo a mi Sexta que ya se ha convertido en mi Primera. Así me lo ha hecho ver mi futura esposa que, según parece, ya conoce la existencia de mi ramera, dejando claro que no está dispuesta a ser la Segunda en nuestro lecho. Le he respondido que será lo que será y lo que tenga que ser ya se verá. Al oírme me ha abofeteado y yo me he reído, ha insistido, no ha parado de darme golpes en el rostro, en la cabeza y en el pecho. Me he protegido como mejor he sabido con mis brazos y manos esquivando sus arremetidas que eran cada vez más violentas, un minuto largo golpeándome hasta que se ha rendido agotada, sus rodillas han cedido y tan larga como es ha caído abatida y derrumbada por su propio esfuerzo y cansancio.

En el suelo, tendida, he introducido mi espada por entre las faldas de su túnica cortando en dos su ropa y medio manchándola con la sangre de los cuerpos abatidos, desnudándola en canal para dejar a la vista su escaso patrimonio de carne y su vientre estriado de mujer que ha parido. No ha hecho nada para impedirlo, he abierto sus piernas y me he arrodillado entre ellas con el gladius todavía en mi mano derecha. Se ha incorporado por sí misma sentándose en el suelo a horcajadas, despojada de su túnica rota me ha rodeado con sus brazos y me ha mordido la boca, he gritado de dolor y de un manotazo la he apartado de mí, ha insistido, esta vez con su lengua bebiendo la sangre que manaba de mis labios. De nuevo la he separado con la punta de mi arma entre sus pechos caídos, se ha quedado en el suelo, tirada, abierta, hueca, acariciándose el pubis y la vulva frente a mí, yo de rodillas y ella con los ojos abiertos de par en par sin apartar la mirada, buscando mi niña, líquida, brillante, nocturna la suya, metálica y de besugo la mía. A nuestro lado había el cadáver de uno de los acreedores asaltantes que acababa de matar y del que no paraba de brotar una sangre acuosa que inundaba el suelo, he debido de perforarle el bazo. Prócula gemía como un gato, y yo ni la he tocado, sólo la he mirado tocarse. Me ha suplicado que no me fuera, que esperara, y cuando ha terminado se ha quedado como un pollo desplumado, como un cerdo después del sacrificio y antes de sacarle provecho, más amarilla que sonrosada. Entonces me he levantado y me he ido. Sus esclavos estaban por allí, espiando escondidos, excitados y atemorizados como viejas fisgonas solitarias.


dilluns, 10 d’abril de 2017

Fusco (3 de 6)


Fusco (3 de 6)

Los acreedores de Cneo se han enterado del trato y del matrimonio inminente, y según parece han querido aumentar de mala manera y con extorsión el importe de la deuda instalándose diez matones de ellos en casa de Prócula y Cneo como si fueran sus dueños o los pretendientes de Penélope. Yo no soy Odiseo pero no me ha costado demasiado matar a cinco, herir a tres y ahuyentar a los otros dos que como conejos se me han escapado. Mi padre me ha mandado que limpiara la casa de extraños chantajistas y así lo he hecho, soy un soldado y sé luchar. En la refriega me he encontrado de nuevo con Prócula a la que hacía años no veía. Se ha puesto un poco nerviosa y sofocada al verme y contemplar la refriega y los muertos esparcidos por el suelo de sus limpias estancias. Me he presentado con la más absoluta naturalidad, como si no sucediera nada extraño, y con la espada ensangrentada en la mano y un muerto a mis pies le he dado el pésame por la muerte de su hija, la que debía de haber sido mi esposa.

Era un niño cuando la conocí, y ya se había casado con un hombre mucho mayor, nos llevamos quince años y, como he dicho, no recordaba casi nada de ella, ni sus formas ni sus ojos, ni su voz siquiera. Tiene un buen aspecto aunque sus aceites y peinados no pueden ocultar sus cincuenta años, no es ningún obstáculo para mí, al menos todavía no y mucho más sabiendo que nuestro casamiento será, como lo son todos, un buen o mal negocio aunque haya mujeres y hombres que se hacen falsas ilusiones. Piensa, me ha dicho ella, que sólo una mujer de mis años puede darte lo que ninguna joven te dará. ¿Y que puedo ofrecerte yo que no consigues de tus esclavos?, le he preguntado a mi vez. Tú sabes matar, ellos no, ya has visto que se asustan y lloran más que unas plañideras, me ha respondido como si le faltara el aliento. Era verdad, como gallinas asustadas se habían escondido al ver llegar a los acreedores de Cneo gritando, vociferando y blandiendo palos y cuchillos.

No sé porqué hemos hablado de manera indirecta de Eros cuando habríamos de haberlo hecho claramente de Plutón, quizás ha sido por una predisposición natural a las convenciones que impelen a los que van a casarse a compartir la cama y a fornicar en ella como si fueran unos desconocidos, esta es la gracia, no haberse visto nunca antes y no verse más después.



dijous, 6 d’abril de 2017

Fusco (2 de 6)



Fusco (2 de 6)

He llegado a casa con ella y a los pocos días mi padre me ha puesto al corriente de las últimas novedades y de lo que ahora espera de mí, su único hijo vivo.

Agripina, la esposa con la que debías casarte, me ha dicho, la niña que elegimos para ti nada más nacer, falleció hace un año atropellada por un carro de bueyes, las ruedas y las patas de los animales le rompieron los huesos y le aplastaron el corazón, los ojos se los cerró su propia madre, Paula Furia Prócula, que ya sabes que es viuda, ¿lo recuerdas?, su esposo murió de fiebres nonagenario hace quince años. Debes ahora casarte con ella, así lo hemos acordado en un nuevo contrato, no tiene a nadie en el mundo aparte de una buena dote que mal le administra su hermano, Cneo, también viudo, sin hijos y muy mal jugador.

En realidad no recordaba casi nada, ni de Agripina ni de Prócula, su madre, ni tampoco que debía casarme con alguien.

Sus cincuenta años no creo que sean para ti ningún inconveniente, al menos aún no, me ha dicho mi padre, como tampoco la fama de sus esclavos que la atienden igual que a una reina etrusca, nos conviene que al final sus bienes terminen en nuestra casa y alimenten a los nuestros, no puede ya tener más hijos y en este caso ello es una ventaja para nosotros y tus sobrinos, los futuros señores del patrimonio Emilio.

Su hermano ha contraído deudas de juego, y sus acreedores forman ya con éxito toda una tropa de mordaces que lo persigue con canciones jocosas y burlas y que hacen su vida imposible. El contrato que hemos firmado consiste en pagarle las deudas, antes de que sea demasiado tarde y lo pierda todo, a cambio de su patrimonio y de su hacienda, nuestros clientes se encargarán, con su diplomacia habitual, de alejarlo de los dados. Aunque no tendrá ya nada que jugarse no nos interesa su mal nombre, y si no lo consiguen lo matarán. 

A mí los dados me habían entregado a Sexta, un cinco más uno todavía suman seis a día de hoy. Una prostituta barata, cuartelaria, y ahora mi padre me adjudicaba a Prócula, una patricia sin sostén, en un trato de conveniencia que he estado a punto de rechazar para alistarme de nuevo en las legiones de Pompeyo, pero si hubiera tomado tal decisión habría perdido también las tierras públicas que el Senado ha entregado como paga a sus veteranos licenciados, y eso, mis codiciosos sobrinos no me lo habrían permitido. De mi padre dicen que ha hecho bien las cosas no aceptando más invitados en su mesa que comida hubiera, de joven tuvo tres hijos varones que levantó del suelo en señal de aceptación, y expuso a otros dos y a una hija dejándolos morir en el basurero que había detrás de la casa, alguien recogió a la niña, no supimos nunca quién fue. Mis dos hermanos murieron más tarde en la guerra, quedando yo como único heredero testado. Hubiera podido adoptar hijos, pero mi carácter no se siente vinculado con los esfuerzos que requiere mantener una estirpe.


dimecres, 5 d’abril de 2017

Fusco (1 de 6)



Fusco (1 de 6)

Cuando te licencias del ejército debes de incinerar a los últimos muertos en combate, lavarlos con tus propias manos y llevar la tea que ha de quemar su pira; es un servicio que los oficiales prestamos a nuestros soldados en gratitud por su servicio, entrega y obediencia. Es un símbolo que quiere escenificar sumisión y una promesa, que moriremos por ellos igual que lo han hecho por nosotros.

Siempre me han gustado los actos fúnebres, la pompa y las plañideras, ya sé que a estas liturgias las reviste el ritual que no necesita ser sincero, pero no debemos buscar en ellas la franqueza porque son otra cosa muy diferente, quizá la repetición y escenificación de algo que olvidamos fácilmente, un acompañamiento que terminará en abandono; la verdad, sin embargo, es esquiva y habita únicamente en los corazones de cada uno, en nuestros hígados y estómagos y en la punta de las espadas que matan o salvan.

Aprecio la demostración pública de afecto a pesar de ser hipócrita, me gusta rendir honores a quien se los merece y también a quien no, porque, en realidad, a quien honoramos es a nosotros mismos, los vivos, los muertos son un mero pretexto para compadecernos de nuestro futuro. A los dioses hay que servirlos aunque únicamente pueblen nuestros sueños y duermevelas, en ellos nos vemos igual que en los metales bruñidos, al revés, el ojo derecho es el izquierdo y viceversa, y queremos pensar, necesitamos creer, que en su mano, que no es derecha ni izquierda, está darnos, o no, un poco más de tiempo.

Así me he comportado, los he lavado y los he incinerado a todos, igual a mis soldados que a mis dioses porque no son unos menos que los otros. Al final de la ceremonia, con los llantos, los sermones y las brasas todavía ardiendo, hemos simulado unos juegos helenos y un banquete etrusco con nuestras esclavas, para acabar llorando borrachos como los griegos cuando se ponen melancólicos, procurando que el vino endulce nuestra tristeza y no convierta la alegría en un sin sentido.

Quizá por ello me he traído de regreso a Sexta, una prostituta que nos ha atendido bien durante toda la campaña asiática. Nos la hemos disputado seis, de ahí su nombre, sus más fieles y asiduos. Los dados que hemos echado sobre su túnica me la han entregado para que regrese conmigo, Marco Emilio Fusco, a casa.

Sexta es la tercera mujer que me ha visto llorar, antes sólo lo habían hecho mi madre y mi nodriza. A veces no puedo mirarla a los ojos, aparto la vista y aunque me muero evito el gemido y el grito, me trago el goce y el encanto.

Seguro que ella ha contemplado sollozar a muchos otros antes que a mí.

Fusco, me dice triste y compungida igual que si recitara una salmodia, a penas soy un fantasma que vive entre tus pesadillas y tus temores, en los sueños puedes matarme, hazlo, hunde tu espada en mi corazón, búscalo en mi vagina, ábrete paso a su través, rasga mi vientre para que salgan las heces por él como si fueran los hijos que nunca pariré, no te mancharán, soy un sueño, un deseo, carne macerada de jabalí. 

dimarts, 4 d’abril de 2017

Filosofia corta (y7)



25 Enero 2010

El fuego y el azar, el vaso, la jarra y unos ajos para blanquear de iridiscencias lechosas el agua.


¿Ha estado usted en África?

Me estaba tomando un café con un vaso de agua en uno de los bares del intercambiador de autocares de Zaragoza, aprovechando una muy corta parada que realizaba el que me llevaba a Madrid desde Barcelona. El edificio era el mismo de la estación del AVE, el tren de alta velocidad que unía las dos ciudades. Sentado en una pequeña mesa releía El africano de Le Clézio cuando una mujer se me acercó, y, sin ninguna clase de preámbulo, me preguntó si conocía el continente africano. Le respondí que de África solamente conocía Egipto y le pregunté a mi vez si ella había estado allí.

¿Y usted?, ¿conoce África?

Me respondió que no, pero que deseaba y esperaba hacerlo pronto, que estaba ahorrando para el viaje.

Me callé y la miré, y mientras ella también me miraba caí de pronto en la cuenta que el autocar que debía llevarme a Madrid había partido ya con mi pequeña maleta en su vientre, y yo me había quedado en tierra.

Pasamos la noche juntos, hospedados y acostados en la cama de una pensión sencilla del barrio del Pilar, y hablamos del África que no conocíamos ninguno de los dos.

A la mañana siguiente leí en un periódico que el autocar que perdí había sufrido un accidente, y que la mayoría de sus pasajeros habían fallecido carbonizados.

Ella se había marchado pronto y sin despedirse, cuando desperté no hallé a nadie al otro lado de la cama.

Compré un nuevo billete y al cabo de unas horas llegué a Madrid sin mi maleta. No traté de recuperarla, supuse que debía de haberse calcinado junto con todo lo demás.